La literatura: una mezcla de dos sustancias incompatibles

Entrevista a Franco Félix, a propósito de su novela Maten a Darwin.

Con su novela Maten a Darwin (Caballo de Troya, 2018), Franco Félix acaba de dinamitar el viejo prejuicio de que la literatura sonorense es de tanto localismo pura aridez y que los escritores sonorenses sólo escriben para recuperar una vieja nostalgia de un pasado vaquero mejor. Incluso se dice, en conversaciones privadas por whatsup o redes sociales, que ya se formó un grupo de escritores antifranquistasfélix –por eso de las confusiones- que tiene como misión defenestrar al escritor oriundo de Hermosillo, aunque yo intuyo que lo que quieren decir y hacer es aplicarle la ley del hielo, porque consideran que Maten a Darwin le hizo a la literatura de la capital del estado lo mismo que El origen de las especies al creacionismo. Cuando busqué la entrevista y lo puse al corriente de las oscuras intenciones de estos poetas y cuentistas (no estoy seguro de que participen también novelistas, los cuales generalmente están más ocupados), Franco Félix desdeñó el peligro y se mostró más bien molesto de que, por millonésima vez, la realidad y la ficción se pongan a competir.

Como escritor, estoy preparado y puedo esperar cualquier cosa de la literatura –«una beca o un gran premio literario, por ejemplo», me aclara–, lo que no soporto son estas coincidencias entre lo que ocurre en la realidad y lo narrado en la literatura. De hecho, me molesta sobre todo porque hace siglos que dejaron de ser coincidencias. ¿Por qué llamar coincidencia a algo que está ocurriendo todo el tiempo, que es más que consistente o regular? Es un patrón descarado y nadie parece darse cuenta. Se contentan o regodean en constatar que el evento ocurrió, otra vez, en estos dos planos. Por el contrario, temería, me cagaría de miedo si este patrón se interrumpiera, porque significaría que algo grave estaría sucediendo en la realidad o en la literatura, no importa en cuál; algo así como que la luna dejara de orbitar nuestro planeta. De hecho, en mi próxima novela, una de las tramas trata sobre una secta de hombres de letras sabios –«obvio es un juego, pues ¿qué sabio de verdad pertenecería a una secta», me aclara otra vez– que se confabulan para terminar con este orden, con la tiranía de las coincidencias, le llaman, y que, según ellos, tiene como fin impedir el descubrimiento del relato primigenio, aquel se contaron los padres de la humanidad por primera vez, y que contendría la sabiduría para detener el desastre inminente de la tierra. El problema surge cuando otro grupo de sabios, éstos sin adscripción específica a disciplina alguna –«¿si captas que esto también es un juego, pues qué sabio de verdad no lo sería en alguna disciplina?», me pregunta ahora, aunque lo que pienso es que es una aclaración más, otra–, se proponen abolir la literatura para terminar con los empalmes, porque piensan que son las tramas literarias (libertinas, escandalosas, deprimentes, tremendistas, existenciales, catastrofistas, ininteligibles, repetidas, aburridas et al.) las que han puesto a la raza humana al borde de su desaparición.

Oye, Franco, le digo cuando se detiene a tomar un respiro, pero en realidad lo que sucede aquí, en pequeño o microlocal, es que es la ciencia la que está coincidiendo con las reacciones que está provocando tu novela. Pero es una ciencia de su tiempo, digamos, aquella que todavía era casi indistinguible de la religión occidental, y que tenía como precepto la búsqueda de la verdad, y la verdad en ese entonces era la constatación del poder superior -aka Dios- que nos creó. Si tuviera algo de verdad esta malabroma que corre por las ondas de Wifi, estos escritores (hombres instruidos, se supondría) estarían adoptando una posición parecida a la que adoptaron los ilustres del siglo XIX al darse a conocer el trabajo de Darwin. Es decir, no sería una equivalencia entre la realidad (un hecho empírico) y la literatura (aunque por supuesto ocurrió en la realidad, vamos) sino entre la ciencia y la literatura. ¿No crees?

Claro, claro, supongo que también lo notaste –me aclara, sí, otra vez–. En realidad –no puede evitar una risa cuando dice esta palabra- es pertinente lo que hablas, sí habría una coincidencia entre la ciencia y, en este caso, la literatura, porque la ciencia también es una construcción verbal, como la literatura, con sus reglas y coherencia interna, o sus juegos de lenguaje, vaya, como explicaría Ludwig Wittgenstein. Entonces, la ciencia, aunque se esté ocupando de la realidad, aunque esté constatando eventos empíricos, debido a que tiene como base una filosofía y epistemología particular, está creando sus propias explicaciones, casi me atrevería a decir que su propia realidad, eso para algunos científicos; también se valdría decir, con otros científicos, que está poniendo orden en la realidad, pero lo hace con sus propios hallazgos y relaciones consistentes que va encontrando. Me parece importante reconocerlo, porque sin esta forma particular de operar de la ciencia y su método, hubiera sido imposible que escribiera MAD –Maten a Darwin–. En las reglas y juegos, tanto de la literatura como de la ciencia, y también de la realidad, con sus patrones y regularidades, es que se está generando todo lo que percibimos. Y todo lo que percibimos no es más que un lenguaje, un gran e intrincado y complicado lenguaje que debemos entender para intentar aplicar lo mejor que se pueda, ya sea para hacer una novela, como fue en mi caso, o para comprobar o rechazar una hipótesis mediante estadística inferencial. Si sigues un paso del método de científico, o aplicas una técnica literaria, estás en camino de apropiarte de una parcela del conocimiento, es decir, de este lenguaje. No hay, por lo que a mí me interesa, literatura posible sin la comprensión del mismo.

Bueno, hablas de la práctica del método científico o de una técnica literaria, pero en Maten a Darwin lo que se percibe de buenas a primeras es transgresión, guasa, casi casi un desdecir, entre un montón de hallazgos más –ahora yo debo aclarar–. Por ejemplo, hay un capítulo donde narras una escena de acción al estilo película blockbuster palomera del verano, pero al siguiente el narrador desmiente estos hechos y los da por exagerados, los niega en todo caso.

Es parte de este mismo lenguaje del que te hablo: tesis y antítesis, Ho y H1. Usar uno no excluye al otro y jamás se descarta la serendipia, que también es válida en ciencia, como la ¡Eureka! de Arquímides. El lector, al toparse con el capítulo de acción, lo sabe exagerado, quizás increíble, pero como está al tanto de que se encuentra en una novela donde hasta ese momento ha ocurrido de todo, incluida la aparición de un dios, lo asimila como parte de la gramática interna de la historia. El siguiente capítulo, donde lo desmiente, busca el efecto de descolocar al lector, pues ya aceptó lo que le propone la ficción y, ahora se pregunta si debe rechazarlo Y esto persigue que la escena termine suspendida de lo real que se narra para entrar en los terrenos de lo posible, y al estar en los terrenos de lo posible, se asoma, ingresa casi a la realidad. No estoy tratando de jugar fuera del sistema, ¿cómo podría si me valgo de un abecedario común? Aunque esa impresión de la forma en que se comunican Pat y Sebastián. La incomprensión que se consigue porque alguien creó su propio juego sin enseñarle las reglas a los demás no me interesa. Ese es un juego amañado. Si hay incomprensión, me interesa más por efecto de extrañeza, donde se note la forma peculiar en que se acomodó esta vez el rompecabezas o el resultado que arrojó, y si hay explosión qué mejor, la mezcla de dos sustancias aparentemente incompatibles.

En una breve reseña que Borges escribió a la monumental Las palmeras salvajes de William Faulkner, señaló que el escritor sureño era uno de los pocos novelistas interesado tanto por los procedimientos de la novela como por el destino y carácter de las personas. Diría que Franco Félix es ahora uno de los pocos interesados por el destino y carácter de los procedimientos de las novelas. Maten a Darwin es una prueba de ello.

A propósito de Borges –me dice con una risa escéptica cuando le hago este último comentario al vuelo un momento antes de despedirnos– creo que decía que el Dios de Pascal era la naturaleza en forma de esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. ¿Sabes cuál creo que sería el Dios de Wittgenstein? En lugar de la naturaleza, Dios sería el lenguaje de programación que nos permite estar conectados y hablando todo el tiempo, en forma de esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Pero no estoy seguro. Hace un mes que no pago mi servicio de internet y estoy colgado del de mi vecino.


∗Alfonso López Corral (Navojoa, 1979). Autor de La noche estaba afuera (Tres Perros, 2011), Musiquito del Talón(Tierra Adentro, 2013) y Cien caballos en el mar (Paraíso Perdido, 2017).