Un tango con mucho frío

Se sintió indeleble ante la monótona inseguridad que presidía por las calles, sus pasos duros y confiados hacían temblar el pavimento y el eco de sus tacones anunciaba su llegada al Copa Cabana. Hacía tiempo que no se sentía tan seguro, no desde aquella vez en que el Maltés había triunfado por una cabeza en la carrera del año, misma noche en que había conocido al amor de su vida y que se había convertido en un gravamen más para su errada existencia, pues los lujos de modelo retirada resultaban más caros que el equivalente a la cabeza del maltés si ésta estuviese en venta. Estamos hablando de hace diez años y cien mil dólares, su popularidad de nuevo rico le valió para colarse en los ambientes más naif de la metrópoli y vender todo tipo de narcóticos a todo tipo de individuos, ahora su rostro de rufián se estampaba públicamente en los muros de los barrios mezquinos para solicitar su captura, con una larga condena y el mínimo de recompensa, su cabeza valía mucho menos que la bellaca cabeza de un equino, qué vergüenza, se decía él, qué vergüenza ñato, sacudiéndose el sombrero colmado de nítida nieve que caía a borbotones, limpiando la porquería de las calles y llevándose el calor de los prostíbulos. Ver caer la nieve sobre Buenos Aires era algo así como haber sido testigo del descubrimiento de América por Cristóbal Colón, de modo que todos en Buenos Aires deberían estar entre deslumbrados por el inusitado espectáculo y, a la vez, molestos por el frío, pero para el Joselillo aquello era una punzada de buena suerte, porque tendría las callejas para él solo.

Aquella luna ninguna patrulla arribó a su presencia, ningún truhán se interceptó por su vía, ninguna cuchilla amedrentó su persona, hasta los hombres pudientes se bajaban de la acera, ensuciando sus zapatillas de ocasión con las aguas para dejar que el Joselillo pasara libremente por la banquetilla. Ya se auguraba la impaciente reconciliación con el sexo opuesto, y por poco podía oler la fragancia sobre los pechos de una mujer que no cobrara por sus caricias, una de esas que suelen usar bragas nuevas y no roídas o ambarinas como las pertenecientes a las del Copa Cabana, una mujer de a deberás. La suerte le había llegado en forma de temporal aquella noche, después de tanta sombra.

Le confirió la suerte al cigarrillo, el cigarro huérfano, el ultimo cigarro de la cajetilla que le había brindado Julián Adobo, no creía en ese pauta de augurios, pero aquella noche era lo más lógico ¡Santo Mostaza de los boleros de Gardel, Dios te bendiga, ché!, pero ¿Cuánto dura la suerte de un cigarrillo? ¿Cuánto dura la vida para estar pensando en la suerte de un cigarro?, un cigarro es la metáfora de la vida que se enciende con la intensidad de las flores de abril y se consume con el frío de diciembre, se cumple la ultima chispa en el infierno que no existe, pero que duele todos los días, y todos los días se busca para zafarse de ese infierno ficticio, de esa consumación de la vida. Eran los pensamientos de un Joselillo en resurrección, después de años de interminable espera, de añejar el whisky en la gaveta, de guardar el traje de lino blanco que aquella noche se veía más inmaculado que en ningún tiempo, camuflajedo con la nevada de las calles y la nieve de su cabello, las canas, la escarcha que había dejado el tiempo.

Ya auguraban los pasos su llegada, vaticinaba el temporal la calma, el Copa Cabana resplandecía como antiguamente lo solía hacer, todavía se exprimían de sangre los fregones que limpian sus pisos y la armonía de golpes se escuchaba melódicamente, sentía por lo ardiente de sus puños que había resurgido de alguna manera, elevando los brazos como alones de ave fénix para peinarse, se juzgó en el sitio adecuado.

Entrando el lugar se quedó chico para su presencia, el unísono de exclamaciones era ideal para sus oídos, y la imagen colectiva de las bocas abiertas le suministraba aliento, el Copa Cabana quedó enmudecido, ¿pero cómo se había atrevido?, sí entrar a ese lugar para Joselillo representaba la tumba, expresaban al unánime; los cartuchos cortaron al son del compas, uno después de otro, rítmicamente, nadie supo de donde salieron tantas metralletas, ni tantos hombres con metralletas, los hombres de bardí, que detrás, amurallados por sus putas vociferaba: Ponéle ·¡Qué noche!”, Joselo, bonita noche para salir de chito. Joselillo pudo haber experimentado todo tipo de sensaciones o acaso ninguna, ya que estaba completamente abstraído, tarareando las notas de un tango que se le acababa de ocurrir. La inspiración suele llegar cuando se le antoja y, a veces no en el momento más propicio para crear una obra de arte, aquella era no precisamente una pieza de música. Enfundado sólo por su navaja suiza se puso a bailar la milonga en el pescuezo de los hampones. Y ahí estaban Julián Adobo y el chino Moncada, el muñeco y el marquesito a la entrada del Copa, cuidando la espalda del Travoltita, y tras los hombres armados con pequeñas calibre veinticinco, las mujeres del Joselillo, impidiendo que estos tiraran del gatillo. Pucha, pero qué noche tan larga.

Aún hay tangos ché, de aquella noche, de aquel hombre, de aquella leyenda, inscritos por fieles seguidores en su mausoleo, en su soledad: Un whisky doble para el alma, dura vita, sed vita.

*Mixar López (Guerrero, 1975) es narrador, cronista y periodista musical. Es colaborador de varias revistas y periódicos de México, Estados Unidos y America Latina. Desde hace tres años vive en Des Moines, Iowa. Su primer libro de crónicas, Prosopopeya: La voz del encierro, está próximo a ser publicado.