Una soledad del tamaño de un accidente

Desenterrar los fósiles perdidos de la infancia es una de las tareas que más nos obsesiona: reencontrarnos con ese extinto espécimen llamado ternura, en aquella época donde construimos, sin saberlo, ese mundo de la intimidad. ¿Qué es lo íntimo? Lazos que tendemos a través de rituales cotidianos: comer junto a alguien, relatar nuestras pesadillas, compartir nuestras drogas, confesar defectos, vulnerarse frente al otro. En Que parezca un accidente (Nitro/Press-UANL, 2018), primer libro de la escritora Elma Correa, son trece los relatos donde una serie de personajes muestran la hechura de sus miedos, pactan o deshacen acuerdos, se autodescubren y determinan a través de su propia fragilidad.

Kamikaze, relato con el que inicia el libro, retrata un instante en la vida de un trío de adolescentes que fuman meta en el techo de una casa: “Somos tan jóvenes y nunca seremos tan perfectos como lo somos aquí”, dice el protagonista. Buena caza, hermano scout cuenta la aventura frustrada de un grupo de niños que dialogan entre sí con una inocencia y desfachatez propia de esas odiseas infantiles que encontramos en las películas americanas de los 90’s. En Plantas carnívoras, uno de los relatos más consistentes en humor y extensión, vemos a una mujer atada al lazo consanguíneo que la une a su hermana vegana y rescatista: debe limpiar el excremento que producen los perros y cuidar a una cría de llama recién nacida, incluido a Pajmirís, el novio budista de la hermana que pertenece a “una panda de bohemios alternativos afectos a la música electrónica con mucho tiempo libre disfrazado de conciencia social”.

En Que parezca un accidente no es casual el acomodo de los relatos, mientras que la anterior historia delimita el absurdo al que pueden llegar los pactos entre hermanas, en el siguiente relato: La intimidad de las abejas, vemos a un trío de chicas que comparten sus miedos y recetas en una noche de pijamada. Son las mismas adolescentes que invocan por medio de una ouija a Amy Winehouse. Elma Correa nos recuerda que esos juegos infantiles y pre-adolescentes son los mismos a los que jugamos ya de adultos: en esa constante ansiedad por tocar lo metafísico sus personajes terminan por rayar en la neurosis y el ridículo.

Elma Correa
Elma Correa

La intimidad de los personajes de Que parezca un accidente se vive a través de sus deficiencias físicas y mentales, pero también en sus extrañas costumbres. El límite de comprensión del pequeño Ben, que debe vengar a su cuidador quien lo salvó de una mujer pederasta (Simón dice); el hábito secreto de Susana, quien es dependienta de una pastelería y suele quitarle el relleno a los pasteles cuando se siente triste (Tres veces); la afición de Doris Camarena por su dieta monocromática y su colección de gatos disecados (Señor Bigotes); la obsesión de una pareja por la astronomía y la mezcla de medicamentos psiquiátricos con alcohol (Nos reiremos cuando acabe); el profundo rencor de un gemelo -el embrión alfa- hacia su otro gemelo -el embrión débil- (Historia de cigotos); así como la historia de Cherín y Lorisbeth, quienes observan cómo sus padres y madres cambian de pareja como si éstas fueran escalones (Diez arribistas).

El contraste de la ternura en algunos de los personajes de estas historias se entremezcla con la sórdida realidad de otros como el grupo de chicas que huyen con paquetes de heroína en su poder y una amiga embarazada que acaba de ser golpeada brutalmente (Wild the country); o la señora Snitz -que también está embarazada- y acude a su primer trabajo como actriz porno (Risa); o Tea, quien ve como salvador y escudero a Abel; una pareja que se vuelve asesina “Por descuido. Sin querer” (El corrido de Chito Cano).

Elma Correa despliega un catálogo de personajes que son peligrosos, sobre todo para sí mismos. Personajes que despuntan como mártires de sus propios defectos, pero no llegan a ser lo suficientemente detestables porque en sus tropiezos y desatinos encontramos un elemento cursi que roza con lo tierno: la fragilidad que despierta el compartir lo íntimo, el llevar a las demás personas a su propia ficción llena de angustia, deseo por evadirse y ansiedad de no saber estar solos. En Que parezca un accidente encontramos hilos narrativos que no cierran y dejan entrever la cotidianidad de personas que están al límite, ya sea de la inocencia, de la experimentación con drogas, del hastío, el peligro, la amistad o el amor; pero sobre todo de una ridícula e inevitable soledad, algo que no parecen revelar a simple vista. Sin embargo, si nos acercamos bien, ahí está la soledad, casi como si fuera un accidente.

*Iveth Luna Flores (Monterrey, 1988). Egresada de Letras Mexicanas, UANL. Miembro del Seminario Permanente de Literatura Francisco José Amparán, de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2016 con su libro Comunidad terapéutica (FETA, 2018).