¿Sueña el internet consigo mismo?

Hay una imagen audiovisual que me fascina: un trío de monjes (probablemente budistas) camina junto al mar, el horizonte es recortado por rascacielos y de fondo escuchamos una canción de Elvis: “Are you lonesome tonight”.  Claro, la imagen me fascina porque existe y no es mía, sino del director Werner Herzog. Podemos encontrarla en su documental Lo and behold: ensueños de un mundo conectado. Por ahora, limitémonos con esta captura de pantalla:

La imagen se sostiene por sí misma, dice mucho y cada quien puede tomarse la libertad de reflexionar al respecto. De hecho, creo que deberíamos hacerlo. Detenernos un momento, pensar.

            Dejo un espacio para la respectiva reflexión individual porque ahora mismo no me urge generar un testimonio más sobre el ya ampliamente discutido riesgo mediático. Es fácil encontrar argumentos críticos y diversas consecuencias en muchísimos textos, fotografías, películas, documentales y series que hablan al respecto. Así es, los ejemplos abundan y algunos representan nuestra realidad hasta lograr sacar en nosotros la más pura desilusión en la raza humana. Sobre lo que sí quiero generar un testimonio y, de ser posible, un diálogo ‒aunque sea mental- al respecto, es sobre la forma como funcionan las redes sociales.

            No soy el único al que le ha pasado esto por la cabeza en algún momento de su vida: al ver cómo los días pasan, suelo percatarme de que he contribuido a que un acontecimiento ocurra y, al mismo tiempo, dicho acontecimiento ocurre en mí; como decir: yo afecto mi entorno, y el entorno me afecta de una manera vitalmente importante, como si fuera necesario que pasara, como si yo debiera haber estado ahí y no en otra parte. Por ejemplo, el músico David Byrne escribe en Cómo funciona la música: “Lo que comienza como un paseo al azar termina a menudo llevándote a algún lugar que más tarde descubres como el lugar exacto al que querías llegar”[i]. Pero, ¿es así? ¿Es el azar el que teje de forma misteriosa, casi mística, un camino en donde nuestros intereses se retroalimentan?

            Dejemos de pensar en caminos por un momento. En 1950, un científico llamado Anatol Rapoport formaba parte de un equipo de investigación en la Universidad de Chicago denominado Committee on Mathemathical Biophysics. Este tipo era interesante; el tipo de personas que hicieron un montón de cosas, como nacer en Rusia y cambiar su ciudadanía por una estadounidense, como iniciar una carrera en música tocando el piano, como cambiar dicha carrera para estudiar Matemáticas, como entrar a un partido comunista, como salirse del partido para enlistarse             en el ejército y luchar en la Segunda Guerra Mundial; es decir, el tipo de personas que se merecen una hermosa y maldita novela (si no es que ya las hay). Pero ahora mismo, lo que me interesa discutir sobre la vida de este hombre, cómo anuncié anteriormente, es su labor en el equipo de investigación en Biofísica. No daré un largo rodeo (aunque sería interesante hacerlo) sobre la vida de Rapoport, sin embargo, su variabilidad es relevante, porque a partir de ella, tuvo la capacidad de integrar en un problema físico, un factor social al querer saber cómo funcionaba una red particular cuando se producía un brote patológico. La investigación, que antes apenas estudiaba el comportamiento de una red a partir de la teoría de grafos ‒un sistema totalmente aleatorio que dejaba de lado muchos de los rasgos esenciales en el funcionamiento de una sociedad‒ llegó a considerar a la homofilia ‒la tendencia de los iguales a relacionarse con los iguales- como un rasgo primordial en el funcionamiento de dicha red. Rapoport llegó a la conclusión que una red comenzaba a funcionar a partir de una triada (como la de los tres amiguitos de toga naranja que vimos al principio) que tendía a clausurarse sobre sí misma y la llamó clausura tríadica. (De hecho, este descubrimiento no es de él, sino de Georg Simmel, aprox. medio siglo antes, pero esto solo les importa a los que patentan los derechos del conocimiento o siguen un curso específico en él.)En fin, esto quiere decir que, a diferencia de cualquier red aleatoria, la social funciona a partir de dinámicas que evolucionan, y que en dicha evolución hay un factor aleatorio y otro arbitrario. Como decir que, si A conoce a B y B a C, es muy probable que C y a A se conozcan en un futuro próximo. Okey.

            Esto quizás se vea como algo distante, pero por fortuna para nosotros, es más fácil esclarecer este problema: a diferencia de los años en que Rapoport investigaba, ahora nosotros tenemos internet. (De hecho, cuando decimos redes sociales, inmediatamente nosotros pensamos en Facebook o Twitter, o algo por el estilo.) Y eso nos permite incluso adelantarnos algunos años para saber más sobre la naturaleza de las redes, y así entender por qué eso que Byrne escribió es bello y todo, pero un poco ingenuo. Lo que una vez más me hace decir: Ignorance is bliss. Y, a todo esto, lo que las redes sociales de internet nos permiten entender claramente es que el factor dinámico de sus componentes es lo que permite su crecimiento exponencial, y no sólo a partir de triadas, sino que puede involucrarse un cuarto elemento que seguramente potencializará sus posibilidades de conocer, a su vez, a más elementos. Y así sucesivamente.


Pero bueno, suficiente de triángulos y líneas. Estamos con las redes sociales y su condición dinámica. Y antes de invocar el tremendísimo poder de la cultura pop, es importante que revisemos lo que otro investigador, llamado Duncan J. Watts, estableció en su libro Seis grados de separación: La ciencia de las redes en la era del acceso, cuando dice que cada elemento que se enlaza a una red genera un dato de entrada o input, lo significa no solo que el nuevo elemento entrará en contacto con el funcionamiento de la red, sino que lo alterará al grado de provocar una evolución[i]. Ahora sí, que la fuerza de la cultura pop se apiade de nosotros y nosotros de ella, mis estimados.

En otro documental llamado The American Meme[ii] del director Bert Marcus, se aborda, con un aire absurdo y humorístico, la temática de la tremenda influencia de los medios en nuestra sociedad. Quienes no lo hayan visto, imagínense, el film inicia con esta imagen:

Y poco después, tenemos la afirmación que llevará el tono, argumento y propósito del documental entero: la vida real no es parecida a lo que este tipo ‒cuya cuenta instagramera slutwhisperer le ha dado grandes cantidades de dinero y millones de seguidores‒ publica en sus redes sociales. Y para no revelar el final de este documental, pasaré a otra evidencia: hasta aquí, en apariencia hay una enorme brecha entre lo que tanto Rapoport como Watts describen y lo que las vidas de esta serie de cuentas con millones de seguidores revelan. Pero las apariencias engañan, eso lo sabemos tan bien como el unicornio que aparece en la fotografía de arriba.

            Fue a propósito que pasara de largo uno de los más interesantes y relevantes rasgos descritos por Rapoport: los sesgos. El matemático ruso-estadounidense afirmó que toda red social se distingue, como ya dije anteriormente, por condiciones tanto arbitrarias como aleatorias, y a dicho modelo lo denominó redes de sesgo aleatorio (random-biased nets). Lo que establece que, pese a que una red pueda iniciar de forma arbitraria, se vuelve evidente que la dinámica que lo hace funcionar involucrará lo aleatorio con el tiempo. De hecho, es posible que dicha arbitrariedad esté comprometida con un factor aleatorio en el pasado, como puede ser la serie de posibilidades que se convirtieron en decisiones para acontecer en toda vida humana que ha decidido publicar algo en algún nodo de internet. Como sucedió con Paris Hilton, uno de los múltiples personajes del documental en cuestión. (Seguro muchos saben algo de la vida de Paris, lo que simplemente reafirma la fuerza de enlace que dichas redes sociales mantienen.) Una mujer cuyo destino se vio desde el inicio inyectado con grandes cantidades de dinero, y luego, pues su escándalo con el video porno casero, la tristeza, luego los comerciales y la cima en redes sociales y millones de fans que la adoran e idolatran. Hay algo en todo esto que probablemente nos haga pensar en las millones de posibilidades que rodean la vida de una persona. Y quedémonos así, pensativos, para no desprestigiar una vez más la forma en que otros obtienen la solvencia económica que a todos nos gustaría tener.

            Lo que es realmente curioso y me hace llegar al quid de todo este asunto con las redes, es que en realidad nadie tiene un control fijo sobre el verdadero dinamismo de cualquier red (en el caso de internet sería posible si algún grupo terrorista tuviera la capacidad de derrumbarlo y por un breve, caótico y seguramente terrible momento de nuestra vida existiéramos sin todo lo que esta red global mantiene vivo y brinda estabilidad al mundo, pero, de cualquier forma, no olvidemos, queridos, que existen otro tipo de redes sociales, como los que se mantienen con vida fuera de los lindes cibernéticos). Pese a que existan nodos de mayor fortaleza, como podrían ser, en este caso, las cuentas sociales de diversas personalidades absurdamente influyentes, ninguno puede eliminar el sesgo aleatorio, lo que, a su vez, reanima la ausencia de un control estricto en el comportamiento de sus elementos.

            El filósofo Byung-Chul Han establece en su libro La sociedad de la transparencia que hoy en día vivimos dentro de algo que él denomina el panóptico digital que, a diferencia del panóptico de Bentham ‒donde la vigilancia y el control era ejercido de manera perspectivista y de forma unilateral‒,  éste funciona con una desmesurada efectividad, ya que “la vigilancia puede producirse desde todos lados, desde todas partes; es más, desde cada una de ellas”, lo que genera la ilusoria creencia de que sus habitantes están en libertad[i]. Afirmación que me provoca escalofríos y retumba siniestramente en mi cabeza. Sin embargo, el punto ahora no es generar paranoia, sino curiosidad.

Si entendemos algo sobre el funcionamiento de las redes, debemos saber que verdaderamente nuestra participación en ellas afecta su dinamismo y, al mismo tiempo, esto provoca una evolución, tanto en el comportamiento social, como en los elementos que adquieren o pierden su enlace con ella. Así que, si volvemos a la caminata azarosa de la que hablaba David Byrne, podemos ahora concluir que realmente hay algo arbitrario en ello porque, aunque tendamos a pensar que los humanos son los elementos primordiales que conforman las redes sociales, debemos recordar que dichos humanos cargan en su interior otra red neuronal que afecta decisivamente el comportamiento de la red. Es como si los elementos de esta serie de redes fueran moléculas que pudiéramos desintegrar en átomos y después en protones, electrones, neutrones, quarks; y seguir así, hasta olvidar una vez más que cada partícula, por diminuta que sea, afecta nuestra vida. Lo que prácticamente puede servir para percatarnos de que si en los días y las noches de nuestra existencia nos va como nos va, seguramente se deba a la serie de interconexiones que alimentamos entre nosotros. (Por supuesto, sabemos que tal cosa como el bien y el mal no existe, y si existe, no acontece de forma permanente, sino que vive sus destellos morales entre un amplio espectro cromático.) Así que llegamos finalmente a la pregunta: ¿Qué fragmento de nuestra red social es gobernada por lo arbitrario y qué fragmento por lo aleatorio?

*Luis Enrique Araoz (Sonora, 1992) Vive en Colima. Escribe ficción y ensayo. Está buscando trabajo, aunque de momento le gustaría vivir bajo el tenebroso manto de alguna beca institucional. Acepta mecenas. Punto y aparte, su blog es: castillitorojo.wordpress.com


[i] Afortunadamente para mi monedero, pero irónicamente para este texto, el libro consultado para esta cita lo obtuve en versión digital. Quien esté interesado en adquirirlo, puede escribirme personalmente y procuraré guiarlos por las aguas de ese conducto corsario.



[i] (2011). Paidós: México, pp. 61-62.

[ii] Éste como el otro documental de Herzog están disponibles para todos los Netflixhabientes.



[i] (2017). Sexto piso: México, p. 226.