THE SHOW IS OVER: CRÓNICA DE SELFIES Y DESMORONAMIENTOS

BODY/HEAD  (Kim Gordon & Bill Nace)

The Casbah. San Diego, Ca

21 de enero 2018

I

Aviones sobrevuelan nuestras cabezas cuando Kim Gordon (NY, 1953) y yo nos cruzamos en el mismo espacio-tiempo.  He llegado demasiado temprano al concierto. Apenas pasan de las ocho. Justo a la hora del té. Estoy a dos cuadras del aeropuerto de San Diego, en la puerta del Casbah y de súbito recuerdo los cigarros que dejé olvidados en la guantera del carro. Camino de regreso mientras pienso que llevo casi cuatro meses con la misma cajetilla en el mismo lugar.  En el trayecto reconozco a Kim Gordon del otro lado de la calle con un enorme resplandor rojo flotando alrededor de su cabeza. Está tomando fotos con su smartphone a la ventana de una galería-boutique. La veo caminar sobre sus tacones con las piernas descubiertas, se detiene junto a un semáforo en verde para seguir tomando fotos. La calle es tan solitaria que hasta se escuchan los latidos de la poca gente que pasa. Me escondo detrás del carro para no interrumpir la sesión fotográfica. Se hace una selfie y luego otra, siempre cuidando meter a cuadro a la persona que la va acompañando (y que pensé era el guitarrista Bill Nace). En una de esas fotos seguramente aparece de fondo el  boeing 757 en pleno aterrizaje nocturno.

 II

El silencio mental de la expectación es intenso. Dos tipos de saco, corbata y tenis interactúan entre montones de cables en el stage. El Gunn/Truscinski duo calienta el escenario durante media hora de desparpajo intuitivo. Es la fiesta hiperactiva del free-jazz y la experimentación post-rock. Batería, guitarra y una silla. Un incendio silvestre a cuatro manos. Merodeo por el recinto con mil palabras dando vueltas en mi cabeza, desesperadas por salir a la superficie. En el Casbah no hay más de 50 personas a lo largo de un espacio íntimo con la capacidad para 200 almas. Me dirijo a la barra por un vaso de cerveza Amber Ale pero ahora con el peso de un gran silencio efervescente en la cabeza. Leo el calendario de conciertos en la pared donde se anuncia el evento del Thurston Moore Band para el 28 de febrero. Un mes.  El Gunn/Truscinski Duo finaliza su sesión y los dos músicos abandonan el stage. El silencio mental de la expectación se asoma. Trato de colarme hasta la parte de enfrente del escenario y solo puedo llegar a la segunda línea. Otros más ansiosos que yo han llegado primero. Me percato de que Mr. Henro McGee está a dos personas de distancia junto a un grupo de amigos de la avanzada gastro-cool tijuanense. La charla y la risa chisporrotea entre ellos. Reconozco a dos guitarristas femeninas de la vanguardia noise-pop fronteriza que comparten entre las dos una enorme lata de cerveza Pabts. La ilusión por ver a la ex-bajista de Sonic Youth es insoportable y una de ellas lleva tal euforia encima que no puede dejar de brincar. Observo y me pregunto cuántos tijuanenses habrá entre el público. Mr Henro McGee y yo nos topamos con los ojos, me reconoce, me saluda con la mitad de una sonrisa, me da la mano con parsimonia y educación.  Rompo el hielo pero mis bromas no se ajustan a su nivel de sentido del humor. Nos regresamos cada uno a su espacio. El silencio de la expectación se asoma de nuevo. Pienso en una enorme cerveza Pabts. En dos.

III

A partir del 2011, luego de la ruptura matrimonial entre Kim Gordon y Thurston Moore (después de 27 años de idilio) el futuro para Sonic Youth se volvió incierto. Han pasado siete años y con el tiempo la banda de New York se ha convertido en pura mística, en una referencia sagrada para el underground. La nostalgia fortalece al mito. Ahora  Sonic Youth es casi un portal, una palabra en el ciberespacio donde se pueden revisar noticias de lo que cada uno de sus ex integrantes está haciendo por su cuenta. Me entero ahí mismo de que Kim Gordon decidió emprender un regreso emocional a sus raíces y se enfrascó en una colaboración libre con el guitarrista experimental Bill Nace (quien anteriormente había trabajado con Thurston Moore). El resultado de esas sesiones de ruido crocante e improvisación informal tuvo luego un nombre y se llamó Body/Head. Para Kim Gordon y Bill Nace entrar luego al estudio sería un juego espontáneo de dadaísmo aural imposible de repetir con exactitud durante las presentaciones en vivo (la consigna era partir de cierta estructura de canción para luego fluir libre). En 2013 se edita y sale al mercado su primera placa titulada Coming Apart en el sello Matador Records y en 2015 el dúo publicó  No Waves, una muestra en crudo de tres piezas grabadas en vivo durante una serie de conciertos en claro homenaje a los good old times de la vieja vanguardia neoyorkina.

IV

Las luces se van apagando una a una hasta quedar en medio de una tenue oscuridad que no se muere, solo las lámparas de la barra permanecen encendidas. Noto las sombras de Kim Gordon y Bill Nace en el centro del escenario conectando sus guitarras con un fotograma a blanco y negro sobre el fondo de la pared. Hay un elemento visual en Body/Head que sirve como complemento a la música pero esta vez parece que el proyector no participa debido a ciertos problemas técnicos. Las imágenes en el fondo no se aprecian y por ahora solo es el sonido el que dirige la experiencia. La reverberación de las guitarras me remite a la furia nerviosa del océano pacifico. Las notas son olas abalanzándose hacia la orilla. Bill Nace mece su guitarra de derecha a izquierda para crear feedback. Kim Gordon se acerca al micrófono y emite fraseos, cantaluquea, improvisa y regresa a la explosión. Es probable que sea “Last Mistress” o “Actress” la pieza con la que abren pero esta luego se convierte en otra cosa, como en todas lo que hace Body/Head. Todo existe en un momento presente, lo demás después será otra cosa.

Ella va midiendo el espacio mientras marca el ritmo con un riff  en círculos para que Bill Nace se suba a correr a sus anchas en esa llanura de posibilidades. De ahí lo de Bill es la hecatombe, se derrumban edificios imaginarios enteros y él recrea el sonido microscópico del desmoronamiento a cámara lenta. Kim Gordon saca de entre su ropa una armónica y toca contra el micro el soundtrack disonante de un amanecer violento en la carretera. Detrás de ellos las imágenes que se esperaban  proyectar  terminan por ser un fiasco y  la operación visual de plano claudica. El sonido se sigue regodeando en texturas sobre texturas, es un volcán en erupción hacia adentro. La colisión de las guitarras chocando entre sí es un rebote de burbujas de aire tratando de salir a la superficie desde el fondo de un manantial de agua hirviendo.

En el Casbah estar en segunda  o en tercer fila puede ser un obstáculo para ver al artista, la alternativa es hacerla de bailarina de ballet y aguantar el equilibrio que te pueda dar la punta de unos tenis converse para poder ver por encima de la cabeza del que está enfrente. En uno de los pedales de Kim Gordon veo una sticker gastada que dice SONIC YOUTH con letras blancas. Observo a Kim Gordon con su guitarra colgada como si una pequeña estatua volcada sobre sí misma. Se regresa, nos da la espalda e insiste con su guitara sobre la cabeza del amplificador, casi violentamente traza con ella una nota en bucle como si una firma temblorosa, chueca e irreconocible. Es inevitable no pensar en las grabaciones de la serie SYR (Sonic Youth Recordings) que el grupo de New York autoeditó a partir de 1997 para darle hilo a la experimentación instrumental.

 V

La expectación para algunos es la incapacidad de los otros para  penetrar en la experiencia. Volteo hacia el público detrás de mí y no son pocos los que prefieren estar espulgando en sus smarthphones con el ruido de fondo. Alguno de ellos actualizará el FB para mostrar al mundo que se encuentra en el Casbah durante el emocionante concierto de Body/Head. Es importante hacer acto de evidencia. El primer flash de una cámara fotográfica ilumina el foro. Regresan intermitentes cada 30 segundos los destellos de luz de varias cámaras en medio de la oscuridad. Se estrellan uno a uno sobre el rostro de Kim Gordon. Su irritación se transforma en el brazo de la corriente de un río, en una extensión por donde fluye su furia en nudos y busca la salida. Su cuerpo lo expresa: Ninguno de ustedes entiende nada, parece leerse en su rostro. Entonces se da la vuelta, regresa a su amplificador  y empieza el berrinche silencioso: Se descuelga su guitarra, se la vuelve a poner. Se la quita de nuevo y la coloca sobre la cabeza del ampli creando un deshilachadero de feedback y reiteración; altera los pedales de efectos en un estado de neurosis. Hay un momento de nausea.  Kim Gordon se incorpora. Justo cuando la tormenta se empieza a disolver en el silencio de la sala, toma el micro, respira profundo y da las gracias sin voltear a ver al público. Los dos músicos se bajan del escenario y  salen por la puerta de emergencia que está a un lado del stage. Todos los ahí presentes nos volteamos a ver las caras luego de los 25 minutos de concierto. Las luces se encienden y entendemos finalmente que no habrá un encore. Nadie pregunta y no se comenta nada, solo veo muecas de desconcierto y extrañeza. El público emprende la retirada, me topo de nuevo con Mr. Henro Gee:–¿Qué pasó? ¿De qué se trato esto? ¿Solo 20 minutos?  Mr. Henro McGee me contesta sin voltear a verme: Pues nada. Ya fue todo. Solo venimos al concierto por la camiseta

VI

Un semáforo en Kettner Blvd cambia de rojo a verde dos veces. Kim Gordon y su acompañante (y que pensé era el guitarrista Bill Nace) se toman la última selfie en una avenida habitada solo por el estruendo de los aviones en pleno descenso hacia el aeropuerto. Yo sigo inmóvil, escondido y casi trepado a las ramas de un árbol esperando a que la pareja cruce la calle. Llevo conmigo dos discos de Sonic Youth en la mano izquierda y en la derecha el libro A Girl in a Band (la autobiografía de Kim después de la ruptura sentimental y su victoria contra el cáncer). Olvidé de nuevo los cigarros en la guantera. Finalmente veo caminar a los músicos en diagonal hacia mi lado de la calle y me acerco hasta pararme frente a ellos. Busco el rostro de Kim Gordon y al momento de hacer contacto visual con ella se me viene encima el peso de los casi 30 años siendo fan de Sonic Youth. Un estremecimiento que empieza en la boca del estómago y termina en las quijadas. Me dirijo a ella aunque saludo a los dos. Ella me corrige y menciona el verdadero nombre del cómplice. Trato de iniciar platica mientras le acerco el libro para que lo firme. Le menciono que acabo de cruzar la frontera que divide a dos países solo para verla tocar en el Casbah. Ninguna reacción en su rostro. Ese truco casi siempre funciona. No son pocos a los que les impresiona la temeraria hazaña de un fanático apasionado cruzando montañas y carreteras inhóspitas hasta llegar a una sala de conciertos desde la frontera con México. Abro conversación tocando el tema de la cancelación de su concierto en el Festival Aural de la CDMX programada para el día posterior al terremoto de septiembre y que por obvias razones no sucedió. —…the earthquake…- Dice ella en su lenguaje mínimo. Busco conectar el reguilete inquieto de cables neuronales que giran en mi cabeza. No dejo de temblar mientras pienso en las palabras correctas. No tomamos los tres una selfie como despedida. Los veo de espaldas alejarse hasta llegar al semáforo y no puedo evitar recordar  lo que alguna vez dijo Michael Aserrad sobre el rostro sin expresión de Kim Gordon y: “esa mirada tan fría capaz de detener una estampida de búfalos.”

 

∗ Jorge Gutiérrez Ruiz (Sonora, 1973). Escribe cuento, reseña y crónica sobre música. Colaboró en el libro 100 discos esenciales del rock mexicano, coordinado por David Cortés. Condice el esporádico programa de radio online: La Sonósfera. Radica en Tijuana.