El equilibrismo narrativo de «Cien caballos en el mar»

En el cuento «La carretera del sur de Sonora» de volumen de relatos Cien caballos en el mar (Paraíso Perdido, 2017) de Alfonso López Corral (Sonora, 1979), dos de sus personajes, Jorge y Juan están a punto de entrar en un retén militar en una carretera en los límites de Sonora con Sinaloa, se notan preocupados, son dos jóvenes como cualquiera de la zona que van en una troca, tal vez llevan sombrero texano, es posible que les guste la música de banda, los narcocorridos, las apologías de los capos y matones cuya estilo de vida se vuelve aspiracional y a veces, necesario para sobrevivir. Hace calor, tienen que apagar el aire acondicionado para que no se caliente el motor. Tal vez tengan que esperar tres horas en la fila mientras los guachos los revisan. Se advierte la tensión en el ambiente. No importa a qué se dedican, si son inocentes o culpables de algo, si transportan drogas, si tienen algo que esconder. En este país eso es un asunto trivial. El autor coloca en esa carretera el centro de la tensión dramática, en este caso, en una fila interminable de autos en medio del calor infernal. Se adivinan los efectos ópticos que nos hacen ver el horizonte como un sueño (o pesadilla) que nos sofoca, una especie de distorsión de la realidad, un espejismo que lo nubla todo. Se advierte el sudor de sus frentes por el calor y el nerviosismo que trae aparejado enfrentarse a ciertas situaciones como las de un retén. Todo puede pasar. Así es el país, te joden sólo por estar a la hora y en el momento equivocado, o encuentras la fortuna sólo por azares del destino. La justicia no existe, solo nuestra suerte y la invocamos como un mantra. El autor coloca el interés del lector en el punto crucial en donde todo, para bien o para mal, parece resolverse. A los largo de los seis cuentos que forman este libro nos enfrentaremos al factor sorpresa, a la serendipia, a cierta exploración de las casualidades.

También habrá otros momentos que nombren el miedo hacia los accidentes de la realidad en la que se enfrentan los personajes. El autor señala algunos eventos que se enriquecen con su singularidad, la resolución se la deja al azar porque es propio de nuestro entorno convulso que incluso lo más inverosímil pueda darse. Esto es notorio en el relato «Muerte constante más allá del honor» que nos refuerza la idea, bien imbricada en la psique social de todos, de que la justicia es imposible y que, intentar cambiar ese status quo en donde prevalece la corrupción y el imperio del crimen organizado ya supone hacer que sobre nosotros esté pendiente una espada de Damocles. En México se multiplican las formas de la incertidumbre, éstas se convierten en constantes y cíclicas; caminamos sobre hielo quebradizo: nunca sabemos si hacemos lo correcto cuando los límites entre lo legal y lo ilegal, lo justo y lo injusto, se vuelven imprecisos. Es muy difícil hablar de malos y buenos en una situación en donde todos somos parte del mismo problema. En el cuento, se apresa a un capo de la droga. El Capo (que a todas luces se nota quien es) ofrece un trato a los federales para que lo liberen, las ofertas son tentadoras: una vida resuelta, cuentas bancarias, negocios, un verdadero pacto con el diablo. Aceptar o no aceptar un soborno muchas veces no es un asunto de moralidad sino una cuestión práctica, una batalla entre la vida y la muerte. ¿Qué opción me permite conservar la vida? Los personajes debatirán sus prioridades, buscarán el equilibrio entre la salud mental, la idea de justicia, la vida de sus familiares y allegados. En el país del «nadie sabe, nadie supo» no hay verdades oficiales y entonces los rumores se multiplican, se expanden: ¿Realmente apresaron al Capo? ¿Qué hay de las cirugías plásticas? ¿Y las distintas versiones que lo ubican en su Suburban en tal y cual parte? Cualquiera que sea la resolución, el terror será constante. Muchos viven marcados por una idea de muerte que no cesa, aquí el honor no importa y la realidad tiene visos de novela negra.

Advertimos otros recursos, como el de la recuperación del asombro, la confrontación con situaciones que se debaten entre los surreal y lo kafkiano, eventos que lo enrarecen todo como es el caso del cuento «Cien caballos en el mar», que da nombre al volumen. En el cuento hay un juego de suposiciones, de especulaciones alrededor del centro geográfico de la narración: la hacienda Santa Bárbara. Nos damos cuenta de que los accidentes de este territorio enloquecido pueden embrutecer a las personas, entregarlos a la bestialidad. Estamos en el finis terre que provoca el morbo y la fascinación del imaginario colectivo, en este caso, una hacienda retirada, abandonada por sus moradores que terminaron arruinados. Hay algo ahí que me recuerda el paisajismo salvaje y extraño de otra obra: El corazón de las tinieblas, de Conrad. Esa geografía con visos alucinatorios puede parecer ambigua, y esto debe verse como una estrategia que conduzca a la interpretación del lector: signo o garabato. Se acumulan las versiones de los hechos y el terror supersticioso hacia lo distinto. Hay algo de vaguedad en las situaciones narradas que acicatean la curiosidad, que nos mueven al estupor. Aquí, el personaje principal, García, un hombre que se dedica a recolectar gatos, argumentando que los necesita para cazar ratones en los cañaverales, llega a un poblado en donde le hablan de la hacienda de Santa Bárbara. Lo que ve ahí lo llena de pasmo, de horror y de confusión. Lo que se dice es que los hermanos Bárbara terminaron por conocer el pecado. Más tarde tratará de salvar a un caballo destinado a ser tragado por las olas. Si en las ferias se paga por ver, el autor concibe al personaje como alguien que decidirá no ver, ya no será necesario, hay pasajes de la realidad que hay que dejar enterrados, cuanto mucho, entrevistos, tan sólo para cuestionarnos si todo fue una alucinación por el cansancio y la lujuria del paisaje. Hay un aire viciado en el ambiente, se adivinan los modales del caos, de la muerte. Los eventos narrados tienen que ver con la carcoma que produce en nosotros el aislamiento, que nos conduce hacía la locura y la autodestrucción.

En «Poliomielitis» el ámbito es humilde y precario, su realidad puede ser pesadillesca. Los personajes, viven en condiciones de extrema pobreza, saben sobrevivir, pero sólo eso, encontrar el modo de llegar al día siguiente, son outsiders, oportunistas, engañosos, golpeadores de mujeres, ebrios consuetudinarios, invasores de terrenos, marcados por la desgracia como una especie de señal en la frente, violentos, y también, milagrosos como santos, con habilidades especiales. Éste el caso de una muchacha postrada por la poliomielitis cuando se enfrenta a la decadencia de su propio cuerpo que se gangrena poco a poco y termina despidiendo un tufillo con olor a cadáver en descomposición. En medio de su ruina se descubre en sí misma que tiene el don de la profecía. Sueña con su futuro cercano y el de los demás, pero, como Casandra, la del mito griego, no puede evitar la desgracia. Ciertos giros dramáticos advierten que arderá esta especie de Troya de las pequeñas cosas y en esta cadena de eventos en los que intervienen varios personajes, un simple can se convierte en el héroe del barrio. «Poliomielitis» es una épica de «paracaidistas» y casas de cartón que se desarrolla en un micro cosmos en donde el poder de síntesis del autor resuelve sucesos y escenarios con una serie de frases cortas y eficaces. Tal vez sea una de sus historias más entrañables. Me doy cuenta de que a través de algunos trucos, López Corral logra colocar realidad y sueño (cada una con su lógica particular) dentro de un mismo lienzo narrativo. Chata, la narradora, dice correr en sueños, pero también, describe lo que realmente ocurre, los eventos que predice y que suceden son referidos en un mismo momento.

Hay, en este volumen de cuentos, cierto manejo del suspenso que se resume en una suerte de observación del equilibrio. No hay espectáculo sin tensión, el equilibrista puede caer y morir si no hay red de protección. Se consigue generar cierta expectativa, dicha suspensión viene de la incertidumbre, de una lotería siniestra, gratuita e instantánea en la que un caballo puede o no salvarse de una tétrica inmolación; en un retén militar los guachos pueden encarcelar y torturar a dos jóvenes que van en una carretera (todo es cosa de suerte); es probable que estén tras de un policía federal los sicarios para ajustarle cuentas por sus actos, o ser buscado por un capo de la droga luego de recibir o no recibir un soborno; o bien, dos concuños ambiciosos se arriesgarán a ser descubiertos por los narcos mientras logran sacar millones de pesos de una cueva en un paraje alejado. Se advierte el terror de los personajes enfrentados a una situación límite, se corta la tensión con un cuchillo. La idea de una desgracia cercana puede enrarecer el ambiente. La naturaleza descrita en estos cuentos es salvaje. Cada uno de los personajes revela cierta condición: la de una perra hambrienta que busca la salvación a toda costa. Sólo en el momento de la verdad se define lo que somos, en la hora puntual de nuestras decisiones. Los cuentos de López Corral están hechos de momentos así, de instantes de resolución. Estas narraciones parecen decirnos que aquí sólo sobreviven los más adaptables y el lector lo sabe. El autor nos conduce a ese momento crítico, y es en esa expectativa en la que cae o no cae el equilibrista sin malla de contención en donde se coloca el centro de estas historias.

Todo país tiene la literatura que se merece, cualquier sesgo que aparte la vista, cualquier salida por la indiferencia tiene una impronta de falsedad, de complicidad con el silencio. En México hace falta gritar nuestra indignación, si no se puede, hablar de ella, contarla, insertarla dentro de la humanidad de una expresión artística para volverla asimilable, comprensible, intentar meterla en el paréntesis de una lógica que pueda apresarla, o bien, señalar lo absurdo de ciertas situaciones. Entonces, para muchos escritores se vuelve urgente mostrar la herida de una violencia que no cesa, la prevalencia de la narco cultura en los modos, en las apariencias; se hace apremiante nombrar el luto por el desaparecido, los ríos de sangre, la sensación de enrarecimiento del ambiente, las demarcaciones del horror. Sólo hay que darse una vuelta por estados como Tamaulipas, se distingue la tirantez de ciertas situaciones: sombrerudos desconfiados, mal encarados, rostros descompuestos por el terror hacia lo posible; como si estuviera a punto de pasar algo realmente malo. Esta violencia adquiere las proporciones de un holocausto en donde no faltan las fosas clandestinas con decenas de muertos, pero, en medio de un bombardeo de rumores, fake news, de intentos de desinformación, todo termina por adquirir visos de normalidad alentada por los gobiernos sobrepasados por los usos de la indiferencia, la complicidad y la corrupción. Para los rituales de la política, aquí no pasa nada.

La ciudadanía sobrevive dentro de este miedo imbuido por los cárteles de la droga o por la violencia institucional y cuando leo estos cuentos de Alfonso López Corral casi por impulso me vienen a la mente escritores mexicanos con temas afines a la realidad mexicana como Sara Uribe con su poemario Antígona González (2012) que recupera y se apropia de un drama griego para narrar el dolor por los desaparecidos; Emiliano Monge con La superficie más honda (2017) que narra situaciones de violencia que rondan los límites de lo inverosímil; o Yuri Herrera con su novela Trabajos del reino (2003) que habla sobre las formas marginales de expresión artística en medio del mecenazgo de los cárteles. Esto no significa que los cuentos de López Corral se delimiten a la violencia del narco, la narco cultura será sólo uno de sus tantos ingredientes, las temáticas son más variadas. Una constante que descubro en estas historias es la fragilidad de cualquier destino, la posibilidad de dinamitar cualquier situación. Estos relatos, escritos un estilo bastante puro y directo, desprovisto de todo exceso y maleza retórica, se vuelven efectivos al mantener al lector al filo de cualquier eventualidad, por más extraña y abigarrada que parezca. A fin de cuentas, de eso se trata todo. Conviene acercase a esta emergente literatura que surge en nuevos focos culturales, a veces insospechados y alejados de los ejes culturales tradicionales.

 

∗Noé Vázquez (Puebla). Es escritor y ensayista. Cuaderno navaja es su espacio en la pecera. Publica en la revista Crash.mx y otros medios.