Que no se te olvide: Call me by your name

Basada en la novela de André Aciman, y con guión de James Ivory, Call me by your name es el más reciente film del director italiano Luca Guadagnino (1971). En él, Elio Perlman (Timothée Chalamet) es un efebo italoamericano de 17 años que pasa sus días transcribiendo y tocando música clásica, leyendo y nadando en el río cercano a la villa del norte de Italia donde residen sus padres, el Sr. Perlman (Michael Stuhlbarg), un brillante arqueólogo especializado en la cultura grecorromana, y Annella (Amira Casar), una traductora que empapa a su hijo en literatura. Apenas iniciada la película hace su aparición Oliver (Armie Hammer), historiador y filólogo norteamericano que viaja a la villa italiana en un internado de verano como colaborador del padre de Elio y que será el detonante de un despertar sexual pocas veces mostrado en pantalla de una manera tan sublime.

La trama transcurre en el verano de 1983 y como en toda obra que se vanaglorie de su redondez, la música funge como un personaje más. Es a través de ella que vemos la evolución del personaje de Elio, desde un crío arrogante y seguro de sí mismo que a través de reinterpretaciones de Bach reta intelectualmente al objeto de su deseo, Oliver; pasando por el conflicto interno que le produce verlo bailar al ritmo de “Lady lady lady” de Giorgio Moroder y Joe Esposito; hasta llegar a la plenitud amorosa de los dos amantes recorriendo libremente los parajes idílicos italianos mientras suena “Mystery of Love” del genio siempre inagotable de Sufjan Stevens. Escenas todas ellas saturadas de una sensualidad tan sutilmente manejada por Guadagnino que bien le merecía una nominación al Oscar como mejor director (su omisión sólo es la cereza en el pastel de una ceremonia harto condescendiente – ¿en serio alguien podría creerse la nominación de Octavia Spencer por su papel en The shape of water? –).

Y hablando del film de del Toro, si de algo sirvió su sobrevaloración (además de sacar a relucir una vez más el patriotismo lastimero de los mexicanos) fue brindarle la oportunidad al público de masas de apreciar la calidad actoral de Michael Shannon. Ahora, con Call me by your name es momento de reconocer el trabajo de Michael Stuhlbarg (y ya que andamos en esto reconocer igual a una de las mejores series de televisión de lo que va de la década: Boardwalk Empire). Stuhlbarg aparece la primera hora con 56 minutos del largometraje casi como un decorado más, pero después de este tiempo le bastan sólo 6 minutos para robarse la película: Cuando menos lo esperas la naturaleza tiene astutas formas de encontrar nuestros puntos más débiles, menciona Stuhlbarg a un muy conmocionado Elio, en un encuentro cara a cara que quedará grabado como uno de los más inteligentes y conmovedores en la historia del cine[1].

Reducir la película a una temática gay sería como decir que The Clash era una banda punk. Han pasado 12 años desde el estreno de la ya clásica Brokeback Mountain, y al igual que esta, Call me by your name es más que nada una historia del descubrimiento del imposible y verdadero primer amor, a secas. Si en la obra de Ang Lee un revelador Heath Ledger transmitía el dolor de un amor perdido al oler la camisola de su otrora amante, Timothée Chalamet y Armie Hammer logran lo mismo ahora a través de un teléfono: Elio frente a nosotros, con su peinado a lo new wave tratando aun de forjarse una identidad, Oliver al otro extremo de la línea, profiriendo en un lastimoso suspiro su propio nombre.

Meses atrás en la narración, un Elio en su punto más vulnerable se preguntaba Estoy enfermo, ¿verdad? La respuesta de Oliver: Quisiera que todos fueran tan enfermos como tú. Elio procede a continuación a pronunciar uno de los No quiero que te vayas más dolorosos que se tengan memoria en el cine reciente, con un quebranto en la voz de Chalamet que viene a cerrar una de las mejores actuaciones del año pasado.

Call me by your name seguro calará más hondo en todos aquellos que como un exaltado Henry Miller en Trópico de Cáncer han caminado por calles solitarias dedicando miradas anhelantes a los edificios y estatuas por los que en algún otro tiempo se pasó al lado del ser amado, miradas tan ansiosas y desesperadas que saturaron de angustia a esas edificaciones.

Saturar de angustia… Qué expresión.  Empléese en una canción de The Psychedelic Furs; en una camisa del amante ausente; en un durazno.

[1] Me vienen a la cabeza de bote pronto la escena de procesamiento entre Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman en The Master; Michael Fassbender como Bobby Sands y su monólogo de 24 minutos frente al sacerdote en Hunger; y por supuesto, la escena inicial de Inglourious Basterds donde un fenomenal Christoph Waltz como el carismáticamente insufrible Coronel Hans Landa desmorona mental y moralmente a Denis Ménochet en su papel de Perrier LaPadite.

 

∗ Carlos Véliz (Hermosillo). Estudiante de los últimos semestres de la licenciatura de Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora. Melómano de hueso colorado, es uno de los fundadores de Música para ver el mundo caer, el apartado del impreso que revisa lo mejor de lo mejor en las producciones musicales.