KAMIKAZE por Elma Correa

Es mediodía y estamos drogándonos en el techo de mi casa. El sol no nos molesta porque no podemos sentir calor. Sudamos pero está bien porque así las brisas esporádicas del verano regulan nuestra temperatura sin que nos demos cuenta. También bebemos la cerveza que mi hermano nos dio a cambio de pasar un rato con Laura. Mi hermano es dealer y es un imbécil que ha estado enamorado de Laura desde la secundaria. Laura tiene catorce. Eso quiere decir que mi hermano es un degenerado, porque cuando él estaba en secundaria, Laura apenas tendría unos ocho años. Laura es mi novia.

No hay nubes y alrededor sólo huele al dulce aroma como de amoniaco de la metanfetamina. Hugo suelta una enorme bocanada de humo espeso. Me pasa la pipa y se estira y se retuerce. Escuchamos el crujido de sus huesos reacomodándose.

—El ice lo inventaron los japoneses —me dice—. ¿O pensabas que lo había descubierto Walter White?

Hielo, cristal, crico, cristo, cris cros…—recito como si fueran las tablas de multiplicar.

—Se lo inyectaban a los kamikazes antes de mandarlos a estrellarse contra los acorazados gringos.

—¿No se lo fumaban? —pregunto devolviéndole la pipa.

—No, todavía no era tan sofisticado.

—Ah.

—Después de la guerra hicieron pastillas para las amas de casa gordas y sin esperanzas —aguanta un segundo y termina la frase soltando el humo con la cabeza hacia arriba, dándole la elocuente forma de un hongo nuclear —. Ésa fue su venganza secreta contra los Aliados: volverlos adictos a todos.

Hugo es mi mejor amigo. Es dos meses mayor que yo y tiene las puntas de las orejas caídas, como un cachorro de labrador simpático. Por eso lleva el cabello crecido hasta la barbilla y se lo deja caer por ambos lados del rostro, alborotado y grasiento, con la seguridad acartonada de una estrella de rock. Habla muy rápido y camina por la orilla del alero como un equilibrista. Habla muy rápido. Me explica una teoría rebuscada sobre los químicos precursores con la pipa entre los dientes. Parece una especie de dibujo animado. Tonto como Wile E. Coyote. Se baja la bragueta y orina. Mi casa es de dos pisos, así que imagino que el chorro de orina se va adelgazando antes de llegar al suelo del patio, deshaciéndose en gotas que quedan escurridas en la pared. Cuando se acerca para sentarse junto a mí, veo una mancha de humedad en su pantalón. Me entrega la pipa y yo le doy una cerveza.

—El nuevo novio de mi mamá es medio japo —lo dice como algo casual—. Un hijo de puta ojirasgado con un humor de la mierda.

Se levanta la camisa y me enseña los moretes de la espalda.

—¿Se están poniendo románticos? —la voz de Laura parece lejana pero su cuerpo ya está en el techo, la cara sonriéndonos con una mueca forzada.

—Pinche Gatúbela, maúlla o algo —dice Hugo, acomodándose la ropa.

—Un día los voy a agarrar fajando —contesta Laura y nos tira unas bolsitas de plástico. Hugo las atrapa. A contraluz, los cristales de las bolsitas parecen cuarzos. La mamá de Hugo además de tener fetiches raciales es medio esotérica y cree en tonterías como el equilibrio energético. Una vez intentamos fumarnos sus piedras místicas. Laura me besa y la boca le sabe a rancio, al semen agrio de mi hermano. Le doy un beso largo, tan largo que se vuelve incómodo y Laura intenta zafarse pero no se lo permito. La beso hasta que la ahogo en saliva y le hago daño en los labios. Al separarnos, tiene media cara enrojecida y la mirada triste y humillada.

Laura siempre me gusta más cuando está triste.

Hugo finge ignorarnos pero propone que inhalemos a la francesa, supongo que para relajar la tensión. Como Laura nunca puede aspirar el humo de la boca con la nariz prefiere que hagamos iguanas. Hugo le pasa el humo a ella, ella me lo pasa a mí y yo se lo paso a Hugo. Las pupilas de Laura resplandecen haciendo que el sol parezca la estrella más estúpida de la galaxia. Pienso en los golpes en la espalda de Hugo y sé que ése será mi pensamiento la próxima vez que me masturbe. Hugo azotado por un luchador de sumo. Un ninja. Un samurái. Laura brillando tanto debajo del vestido que deja ciego a mi hermano.

Hugo regresa con los japoneses.

—No tenía nada que ver con el honor, simplemente estaban drogados.

—Pero sí había algo de ritual en aquello —interrumpo.

—Pues entonces se hubieran sacado las tripas y ya —Hugo imita la acción de cortarse el vientre con algo afilado.

Laura arruga el ceño con asco y grita:

¡Harakiri!

Nos reímos. Laura nos enseña la barriga. Su piel es más clara y suave en esas partes de su cuerpo. Acaricio su ombligo y lo cubro con la palma de mi mano. Algo se mueve dentro. No sé por qué pero me asusto. Presiono mi mano contra su estómago para sentirlo con más atención. Golpea de nuevo. Puede ser un alien. Puede ser un hijo. Entonces recuerdo que es normal, que a veces las drogas me ponen paranoico. Que sólo son sus intestinos reaccionando a los fumazos de ice. Me tumbo de espaldas. Hugo y Laura me siguen. Me gusta estar así. Drogado con mis dos personas favoritas. La tarde por delante. La vida por delante viniendo hacia nosotros con la determinación de un ataque suicida. Somos tan jóvenes y nunca seremos tan perfectos como lo somos aquí. Con cada uno de nuestros músculos apretado y desencajado.

Nos quedamos callados. Muy juntos.

Esperando el impacto.

*Elma Correa. Siempre miente sobre su edad y desde 2008 coordina un encuentro nacional de literatura en Baja California. Cursó el diplomado en Creación Literaria UABC-INBAL, es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericana y Maestra en Estudios Socioculturales porque pensó que estudiando mucho, siendo becaria del Pecda en 2010, del Fonca en 2014 y publicando sus textos en revistas como Vice, Pez Banana, Shandy, Tierra Adentro o Emeequis, saldría de Mexicali: pero de ese agujero no hay escapatoria. Su trabajo está incluido en compilaciones como Breve colección de relato porno, Lados B, Cuadernos del Periodismo Gonzo, Narrativa del norte, Pan de muerto, dos números especiales de ficción de Vice y otras que nunca menciona porque una tipa fea la llamó “Miss Antología”. Muy pronto Nitro/Press publicará su primer libro de relatos.