Nunca más su nombre, de Joel Flores

No es un secreto que la literatura que se ocupa de nuestros progenitores, de aquellos que nos dieron la vida, es de exploración, de búsqueda de respuestas a preguntas dolorosas, casi informulables; estas historias, al final (aunque no siempre), culminan con un descubrimiento sobre el autor que se atreve a indagar, más que sobre los interrogados. Así, al tiempo que escribe para conocer al padre o a la madre, el autor escribe para conocerse a sí mismo; al arrojar luz sobre un pasado común, puede iluminar su presente e incluso su futuro. A las preguntas hechas: “¿quién era esa persona?, ¿por qué hizo lo que hizo?, ¿acaso me convertiré yo en ella?”, se afirma de una vez por todas el protagonista, de lo contrario no habría historia qué leer.

En su excelente y entrañable libro Padre y memoria, Federico Campbell escribió: “El tema de las relaciones entre padres e hijos aparece de manera latente en muchos novelistas, no de modo explícito por las restricciones que impone el pudor y el respeto a las personas reales y sus nombres y, sobre todo, porque se consigue profundizar más a través de la transfiguración literaria. Lo que presupone bien el narrador es que cuando habla de sus propios padres está aludiendo a la madre y el padre del lector, y el lector lo sabe”. Campbell aborda la obra de autores que al escribir sobre sus padres parecieron resolver, merced a esta relación filial, su destino como escritores, entre otros, Barry Gifford, Raymond Carver, Paul Auster. Sin embargo, como se colige del pasaje citado, Campbell es consciente de que historia contada no es equivalente a historia vivida y que el verdadero escritor es aquel capaz de transformar a sus padres en los padres del lector, es decir, es capaz de ponerlo en su lugar para que éste viva lo que el otro narra.

Me detengo en estas notas debido a la novela del escritor zacatecano Joel Flores (1984), Nunca más su nombre (Era, 2017), historia donde el protagonista, llamado también Joel, revisa la relación por demás conflictiva que tuvo con su padre, el hombre que no sólo renunció a hacerse cargo de él y de sus hermanos, sino que, como tal cosa, se atrevió a negarlo como hijo las veces que pudo porque vio amenazada su virilidad. La relación, truncada a muy temprana edad a causa no sólo de la irresponsabilidad de un hombre para sostener un hogar sino también por episodios de violencia y crueldad, podría llevar a pensar al lector que la historia se desbarranca por el miserabilismo o por la autoconmiseración, siempre lacrimosa para el espectador, pero no es así. La revisión de una vida para comprender quién fue en realidad el padre del protagonista y por qué les hizo daño, sirve de soporte para que el escritor desarrolle una historia compleja que aborda de forma afortunada varios temas actuales y candentes, conectados todos por una estructura y manejo de tiempos impecable, que sabe llevar al lector de la mano página por página, con su dosis justa de interés y expectativa, donde no sólo se encuentra, una página sí y otra también, una cita sagaz, una reflexión pertinente, sino también el humor necesario para soportar lo que se nos cuenta.

Nunca más su nombre es una novela para saldar deudas, despejar fantasmas como una ecuación que debe dar el resultado correcto o algo se estropeará para siempre, pero también sobre cómo se hace un escritor y las decisiones que debe tomar en consecuencia si debe sobrevivir en un país donde no es posible comer de lo que se escribe. Es, también, una historia sobre lo que pasa en las redacciones de los periódicos, cuando el cuarto poder estira la mano mendicante a la publicidad oficial. Es, de forma muy dolorosa, una historia sobre la violencia que no ha dejado de azotar nuestro país y que no ha ignorado ni una sola ciudad o pueblo del territorio nacional, llenándolos de muertos y desaparecidos (si esta figura cabe). Y no es que el escritor se vaya por la denuncia fácil o cómoda, es genuina la preocupación por el destino de miles arrancados de sus casas, como se puede notar en este pasaje: “Al sentir en mi cara la luz del amanecer, reflexionaba sobre lo escrito y algo me decía que existe una ciudad a la que se ha ido toda la gente que ha desaparecido. En verdad no están muertos, sólo habitan un territorio ajeno. El mundo, al igual que nosotros, ha dejado de merecerlos”.

Nunca más su nombre es una búsqueda del nombre ante un apellido vacío de razón y de amor, es sobre cómo se hace una persona en este país donde no es raro que se carezca de padre o de madre, donde lo único que suele heredar el nombre es ausencia y culpa, donde lo único que suele repetirse es una violencia atávica que destroza los hogares. Es, por el otro lado, una historia de amor que pretende, desesperadamente, no repetir los errores de los padres. Joel Flores deja en esta primera novela, una historia entrañable y bien resuelta en la que no se guarda nada y demuestra que los temas sensibles, incluso tabú, prohibidos para muchos, como lo son la paternidad o maternidad, no sólo son exclusivos de los grandes nombres de las letras, como los ya citados Auster, Carver o Gifford, agregue usted los que desee. Y si tomamos prestadas las palabras que Campbell prodiga a estos autores, se gana por mérito propio un lugar entre “esa estirpe de narradores que sólo escriben de lo que les duele, como si les fuera la vida de por medio y no tuviera sentido escribir de cosas ajenas”.

 

Alfonso López Corral (Navojoa, 1979). Autor de La noche estaba afuera (Tres Perros, 2011), Musiquito del Talón (Tierra Adentro, 2013) y Cien caballos en el mar (Paraíso Perdido, 2017).