Ibargüengoitia y la risa

Lo que me animó a leer a Jorge Ibargüengoitia fue una ráfaga de invitaciones constantes: «Abrace usted a Ibargüengoitia…». En su narrativa encontré de inmediato sus aspectos festivos y cómicos. Las situaciones que plantea parecen volar por encima de la mesura que muchos le acostumbran poner a la narración. En sus obras hay cierto temperamento que nos es muy típico y también muy profundo, se respira su mexicanidad, su amado localismo, pero no hablamos de un nacionalismo forzado hecho de poemas cursis de autores decimonónicos fracasados, o el de las estatuas de bronce y mármoles de cuando hacemos los honores patrios, es algo más caluroso y entrañable; es un autor con el que uno se siente en el terruño, compartiendo cierta identidad y ciertos hábitos, y también, cierto humor que muchas veces es delirante, otras, un tanto cruel y despiadado. Juan Villoro habló alguna vez del oído finísimo del que disponía el autor para captar el valor literario de las conversaciones cotidianas, este gesto le supo imprimir tal naturalidad a sus diálogos que la mayoría de los lectores lo encuentra entrañable.

Jorge Ibargüengoitia nació en 1928 en la mera mata de la mochez mexicana, esa zona minera del Bajío de donde surge la gesta independentista y cristera que en sus obras llamó Cuévano y que nosotros llamamos Guanajuato. Provincia que es como la Disneylandia de las mujeres beatas y rezanderas (tal y como en Puebla), curas impertinentes, moralidad hipócrita, reprimida y timorata. Así como en todo México pero con gestos provinciales más notorios. En el país de la peladez decente y la decencia ladrona, Jorge Ibargüengoitia supo encontrar, a través del humor negro y de la risa franca, un cauce que nos libera de ciertas tensiones: la sofocación de una sociedad corrupta, el corsé de la moralidad religiosa, o la profunda y acendrada mezquindad de nuestra sociedad.

Paulina Lavista

Como se sabe, el boom ubicó un centro de gravedad que le dio relevancia a ciertos nombres: Fuentes, Asturias, Márquez, Donoso y un etcétera cuyas expresiones son bien sabidas. La narrativa de Ibargüengoitia dimensionaba espacios más modestos y cercanos, pero no por ello menos importantes. En medio de los grandes logros de la literatura latinoamericana, donde imperaba el tour de force que acaparaba espacio y entusiasmo, y fijaba la atención en lo mayestático de los volúmenes gordos, la totalidad, el barroquismo y la experimentación, Ibargüengoitia se colocó en un plano que al parecer, es menos ambicioso: la sátira, la desmitificación, la crítica aguda al sistema político imperante, o bien, a situaciones más mundanas, aquello que Perec denominaba: «lo infra ordinario». Y también, hacia lo chusco, lo anecdótico, lo procaz y lo idiosincrático, sin olvidar las minucias de lo cotidiano. Ibargüengoitia se lee con cierta facilidad, una desenvoltura que parece no decir nada acerca de sus esforzados procesos de escritura; se lee con la sonrisa en los labios, hay que detenerse de vez en cuando para disfrutar de la increíble malicia y pirotecnia de sus frases, del regocijo y la locura impuesta en ciertas situaciones.

No imaginamos a Ibargüengoitia como un autor de largo aliento, sabemos que no es necesario porque no siempre lo grande es lo mejor. Así como en Cuévano (que nunca fue  cabeza de la diócesis por ser «hervidero de liberales» y por causa de ello el obispo está en Pedrones), en donde dirán que «los de Pedrones confunden lo grandioso con lo grandote», la narrativa del autor nunca será «grandota», podrá ser ponderable, pero no aparatosa; cuanto mucho cien a ciento cincuenta páginas por volumen. Como a cada capillita le va llegando su fiestecita, Ibargüengoitia fue ganando lectores poco a poco. Así, se fue colando con lentitud en la preferencia de muchos.

Cuando leemos algunas de sus novelas y relatos, es fácil advertir que en algunas de sus frases y situaciones existe cierta acumulación de despropósitos que parecen rozar la frontera del absurdo, otorgan una sensación de irrealidad como tejida en un entresueño que luego se desborda en una frase de remate o punchline que nos sorprende. Muchas de sus situaciones se enriquecen con lo inesperado, como en esta imagen de cuento «La mujer que no» incluido en La ley de Herodes (1967): «Le puse la mano en la garganta y la besé […] Me dirigí hacia la mamá, le puse la mano en la garganta y la besé también»

Su humor es fácil de reconocer pero muy difícil de describir e imposible de igualar. Sí, así como el estilo arquitectónico de Cuévano. Hay cierta osadía en sus frases. Dichos como: «Me levanté y traté de violarla, pero no pude», o bien, «Habíamos nacido el uno para el otro: entre los dos pesábamos ciento sesenta kilos» revelan una socarronería bastante cáustica y de malas intenciones. Hay algo de infantil en la pulla que parece regocijarse con la crueldad en el humor. Esas «frases de remate» tienen una mecánica que parece liberar las acumulaciones y las tensiones que se entretejen en el relato. La risa sabe encontrar sus vertientes para sacudirnos el peso del enigma y de su drama. Muchas de sus imágenes rondan con el disparate, lo rodean pero no lo habitan, coquetean con él, pero no lo visitan. Ese humorismo transcurre por esa zona limítrofe en donde se da cita lo feliz con lo desatinado pero que, al situarlo en cierto contexto, gana visos de credibilidad.

Tal vez el lector piense: « ¿Por qué no? Tal vez podría darse». En las sugerencias de lo cómico, lo increíble también es festivo. Un ejemplo de esto viene en el volumen de cuentos La ley de Herodes: Una mujer se acerca a un grupo de hombres desconocidos para tratar de convencerlos de que transformen sus ideas y ya no «vivan en el error». La matemática de la anécdota balancea las situaciones: en una imagen posterior, son ellos los que tratan de convencerla de cambiar sus creencias. La estampa ronda lo ingenuo y en ello radica su encanto: en la poca probabilidad de que en una sociedad pacata y puritana se pueda privilegiar el diálogo.

La humorada es un corto circuito en el orden del mundo. Tuerce la rigidez de cualquier protocolo, irrumpe como elemento de dispersión, de relajación. Pone un explosivo en toda ceremonia. No es extraño que la humorada o la chanza en México tengan el nombre de «relajo». Entendemos que ciertos supuestos son inalterables: la grave lógica de la autoridad, la severidad de las formas sociales, las rígidas posturas del pensamiento racional, el rigor de un destino que tiene que cumplirse (y que es uno de los elementos de todo drama). El humor convoca a una inversión de esos supuestos y la ruptura espontánea de la expectativa. De ahí que la culminación del chiste siempre recurra a lo impredecible. Un humorista cuyas frases pueden anticiparse está condenado al fracaso.

Nadie espera la sorna luego de lo grave o lo trágico. La risa viene de romper ese continuum sentimental y dramático. Rescato una estampa de Arreola, que algo sabía de lo malicioso y mordaz que debe existir en todo relato: «Y fuera de todo esto, señora Lincoln, ¿qué le pareció la obra?». Y este chiste rescatado por Bergson en uno de sus ensayos: «El asesino, luego de haber rematado a su víctima, debió de apearse a contravía, violando el reglamento de tránsito». Estas frases recurren a la conmoción al trastocar la categoría de las prioridades y con ello, sorprender. Algo parecido sucede con Julio Torri cuando habla de los fusilamientos sólo en términos del escándalo que provoca el mal gusto de realizarlos usando categorías que privilegian la educación, la decencia y las formas sociales: lo reprobable de los fusilamientos es que hay que levantarse a las cinco de la mañana. Lo grave impuesto por lo autoritario se degrada hacia las fases de lo ridículo. En los relatos de Ibargüengoitia, hay giros súbitos en la intención de las frases, volantazos hacia lo cómico, cambios inesperados en el tono, pasa de lo grave a lo chacotero, como vemos en Los relámpagos de agosto (1965): «Como se comprenderá, me desprendí inmediatamente de los brazos de mi señora esposa, dije adiós a la prole, dejé la paz hogareña y me dirigí al Casino a festejar». El tono de la frase indica el duelo por la despedida, para luego, cambiarlo por el del festejo. Que conste que, en el caso de Ibargüengoitia, se trata de un relato revolucionario. La crónica seria deviene en sátira, imposible imaginar esto en Martín Luis Guzmán.

En ocasiones, la narración ronda con lo kafkiano: en «Manos muertas», incluido en La ley de Herodes, hay una serie de eventos relacionados con la burocracia laberíntica relacionada con la compra de propiedades en México: La adquisición ilegal de un terreno que un prestanombres de los franciscanos le había vendido, es decir permutado, a un testaferro de los jesuitas que se lo vendía al narrador del relato; todo es turbio y enredado, y los giros de la historia sólo complican la situación. Se entiende que nada se resuelve. Estamos en México, tenemos el hábito de respirar la incertidumbre como el aspirante a agrimensor de El Castillo de Kafka. Hay una frase casi al final: «Se nos advirtió que el “Licenciado no quería oír hablar más del asunto”». Acostumbrados a las arenas movedizas de nuestra realidad mexicana, nuestra idiosincrasia nos permite olvidar lo grave de la situación para distinguir lo hilarante.

Reír supone la distracción del dolor y el sentimentalismo para entablar un diálogo fluido con la inteligencia. Por eso el chiste no requiere explicación, su estructura y sus tiempos son la forma de «explicarlo». El momento del humor se entrega en el cuerpo verbal de la frase. Su narrativa demanda cierta precisión de la sintaxis, se parece a la poesía y a las matemáticas. En Dos crímenes (1979), Don Ramón insiste en contar una y otra vez el «chiste de la hiena», siempre lo habrá de narrar de la misma manera, con sus pausas, sus modulaciones y sus interrupciones necesarias; su narrativa demanda cierta precisión del lenguaje, y por lo regular, no admite variación. Al lector le toca imaginar el tono, el ritmo y la cadencia de las conversaciones.

Como resultado de una columna aparecida en el diario Excélsior, su labor como cronista quedó registrada en sus Instrucciones para vivir en México (1969-1976) en donde se alude a la mexicanidad y sus modos, el temperamento que parece nombrarnos: nuestra vaguedad y hermetismo, nuestra procastinación, los defectos incorregibles de la clase política que no ha cambiado mucho desde la década de los setenta del siglo pasado. Al autor le gustaba la historia de su propio país, pero no la historia como una acumulación de fechas y de nombres, su atención radica en la humanidad del prócer, en aquello que lo vincula con cualquiera de nosotros, en sus recursos anecdóticos, y no el oficialismo. Usa la historia como un medio, como un mecanismo de explicación de ciertas situaciones personales que puntualmente destaca en su columna. Su descripción de nosotros es brutal, nos conoce: «Nomás que tiene sus defectos. El principal de ellos es el estar poblado de mexicanos, muchos de los cuales son acomplejados, metiches, avorazados, desconsiderados e intolerantes». Los griegos hablaban de la catarsis como purificación, es el hecho de resolver la tensión dramática a través de la emoción estética. El efecto que nos provocan las obras de Ibargüengoitia tiene que ver con la resolución y la comprensión de muchas de nuestras problemáticas a través de lo cómico, se recurre al sarcasmo para señalar la llaga y romper esa tensión y sobriedad que muchas veces son propias de nuestro carácter, de ahí la importancia de poder visitar y revisitar sus obras.

 

∗Noé Vázquez (Puebla). Escritor y ensayista. Cuaderno Navaja es su espacio en Pez Banana.