Tiburón por Antonio Ortuño

Sabes lo que dicen: mejor no levantes ni una piedra. El semicírculo de municipales es perfecto. Simétricos, indistinguibles, pájaros en alambrado, niños en el coro del templo, los agentes miran el agujero en el suelo, manos a la cintura y cabezas inclinadas a un lado y otro para enfocar el despedazadero. Rodeado de brazos, piernas, huesos quebrados a la fuerza, Rosendo, el técnico, remueve la pala con lentitudes crecientes. Teme romper aquellas piezas rojas en fragmentos aún más pequeños. Al final asoma entre los altozanos y piedras una bola de pelos que es, cómo dudarlo, la cabeza. Los perros, las moscas, la gusanera, no se equivocan. El vecino que llamó a la patrulla lo supo. Rosendo apenas debió empeñarse diez minutos con la pala antes de que todo brotara.

Aldo Muñoz Cota, veintisiete años, un metro setenta centímetros de estatura, tez morena, cabello y ojos negros, mentón regular, complexión delgada, lunar oscuro en hombro derecho, tatuaje con forma de ave en antebrazo derecho, desapareció de su domicilio la mañana del 4 de octubre, tres hombres lo obligaron a subir a un automóvil sedán azul, sin placas. La fecha del reporte es borrosa, tanto como la imagen de un muchacho sonriente que lo decora. Han transcurrido al menos dos años desde que fue divulgado.

Estudié con el Tiburón la primaria, la secundaria y parte de la prepa. Y hasta allí porque el Tiburón era un pendejo para las matemáticas, la historia, la física y el resto de los campos del conocimiento humano y no siguió luego de reprobar incluso la clase de deportes de tercer semestre. Nunca fuimos íntimos pero compartíamos afición por el mismo equipo en medio de una manada de traidores que apoyaba solamente a los campeones y cambiaba de camisa cada verano. Nosotros no: permanecimos leales incluso cuando los socios vendieron y nuestro club paró en manos de un empresario imbécil que atribuía sus éxitos a la costumbre de no utilizar calcetines. “Así estoy cerca de la tierra”, decía el asno. El Tiburón no volvió a la prepa pero a veces lo veía por el barrio, de visita en casa de sus tías. Su prima menor, Raquel, siempre silenciosa, siempre vestida con ropa demasiado seria para su edad, me parecía fascinante.

Irieri Quetzalli Méndez Pinto, diecinueve años, un metro con cincuenta y tres centímetros de estatura, tez morena, cabello oscuro, ojos marrones, complexión media, ninguna seña de identidad particular, embarazada de tres meses, desapareció un 11 de enero, regresaba de su trabajo como dependiente en un comercio y no llegó a su casa. Madre de dos niños, tres y cinco años. Sin esposo o compañero fijo conocido. La fotografía anexa es indistinta. El reporte tiene un año y ocho meses de emitido.

Las partes humanas son empacadas en bolsitas. Rosendo se obstina en que nadie lo ayude. Le consta que los agentes municipales no tienen el menor cuidado en la manipulación de restos. Lo que quieren es tomarse una foto con un dedo o pie y mostrársela a sus hijos. Y decir luego, con falsa cara de compunción, está cabrona la cosa. El teléfono se convulsiona en su bolsillo pero Rosendo sigue y con ritmo desesperante, minucioso, cosecha cada pieza del cuerpo roto y la resguarda.

El Tiburón reapareció, luego de una ausencia de años, ya muy cambiado. Iba muy elegante si aceptamos el amarillo canario como un color elegante. Se alegró cuando supo que el marido de Raquelita era yo: este pinche enano siempre leal a los colores, dijo y me abrazó. Estaba ebrio y eso que el almuerzo de primera comunión de Juan Pedro, nuestro sobrino en común, se estaba celebrando a las once de la mañana. Pese a que su nombre era susurrado como el de una enfermedad venérea entre mesa y mesa, el espaldarazo del Tiburón hizo crecer mi figura ante los ojos de la familia política. Nunca más sería el contadorcito que se había ligado a Raquel. Ahora era el amigo del Tibu. También a mi mujer, con todo y lo que detestaba a su primo, debió llegarle alto la espuma del orgullo, porque al segundo trago me repegó el muslo en la rodilla y más tarde, cuando volvimos a la mesa luego de bailar un par de canciones, se sentó sobre mi mano, se rió bajito y tardó una hora en moverse. El Tiburón no cruzó más palabra conmigo esa mañana. Cuando sirvieron las tostadas y las flautas se despidió de la abuela, solo de ella, y se fue.

Jonathan Luna Miranda, veintidós años, un metro y setenta y nueve centímetros de estatura, tez clara, cabello castaño, ojos marrones, complexión delgada, estudiante de último año de medicina, destacado en la sierra como parte del programa de servicio social universitario, desapareció el 2 de marzo del módulo de atención médica en que laboraba, los vecinos lo vieron recibir a unos tipos heridos pero una camioneta con hombres no identificados con armas largas llegó poco después y cargó con todos. El retrato es el de un tipo alegre, atractivo. El reporte tiene casi un año de antigüedad.

Rosendo se bebe una cocacola en el estacionamiento del puesto de socorros. Los municipales salen en tropel y lo alcanzan. Seguro ya se tomaron sus fotografías, y los piensa así, sonrientes, con los restos. Le dan palmadas en la espalda. Se la rifó, compa, le dicen, qué güevotes. Uno de ellos se detiene cuando el resto emprende el camino hacia las camionetas. Oiga, compa, esto va por un jale bien hecho. Le extiende el rollo de billetes. Para que lo siga haciendo bien, como ahora y nos llame a nosotros primero. A Rosendo se le pega la lengua al paladar. Agarra el dinero y agacha la mirada. Acepta que el policía le haga una caricia en el cabello como si fuera un perro.

El transporte de la empresa me dejó en el edificio a las 7:15. Una hora muy razonable. El conserje estaba embebido en el juego de futbol del televisor y no me dio las buenas noches cuando pasé. La vecina del 16c me ignoró durante los dos minutos de elevador, concentrada en la pantalla de su teléfono. Era una mujer arrugada y nerviosa, su esposo se había esfumado de la tierra hacía un par de años. Eso, al menos, contaban otras vecinas. Procuré mirarme los pies y salí a mi piso, el 15, con precipitación. La vecina volteó entonces, justo antes de que el elevador volviera a cerrarse, y sonrió. El perro se me abalanzó en cuanto abrí la puerta. Detrás venía la niña, a la que levanté por los aires e hice girar hasta colocármela en los hombros. Los condominios tenían los techos bastante altos para pertenecer a un multifamiliar y eso nos convenció de comprar allí. Raquel estaba desmaquillándose y tuve que esperar a que terminara antes de besarla. Cómo te fue. Mal. Otra vez llevan horas con el radio a todo volumen y los gritos. Aquí al lado. ¿Los nuevos? Ellos.

Le pasan el reporte a las tres quince de la mañana. Ya es viernes. A las ocho quedará libre, piensa, y se irá de fin de semana. Guadalupe, la doctora bajita del área de servicios médicos, lo invitó a su casa. Lo menos que quiere es que algo se atraviese. Los llama, tal y como se comprometió, e insiste en que le pasen el recado al jefe aunque sabe que no está de servicio a esa hora. Su actitud servicial es reconocida por el primero de los municipales, que llega al agujero media hora después. Con usted se trabaja chingón, compadre, dice. Y se sienta en su camioneta, junto con los suyos, a mirarlo remover la pala y el instrumental hasta que el cuerpo queda libre de sus ropajes de tierra y aparece desnudo a la luz de las farolas. La alarma entre los uniformados es inmediata. El cuerpo está entero. Magullado hasta lo indecible, irreconocible, por tanto, picoteado y rasgado pero entero. La puta madre, este qué, dicen. Hacen llamadas repentinas, apresuradas, salpicadas de angustia. A este nos lo llevamos, compa, le dicen al técnico. Él baja la mirada y acepta. Yo lleno el reporte de la falsa alarma, los tranquiliza. Lo palmotean. Alguno, ya no sabe cuál, le da otro rollito de billetes. La doctora Guadalupe tiene películas en casa, le gustan el vino tinto y la comida italiana. Se concentra en ella.

Neira Moncayo Hernández, cuarenta y tres años, un metro sesenta de estatura complexión robusta, tez morena, ojos negros y cabello teñido de rubio, una muy pronunciada cicatriz de cesárea en el vientre, manejaba una camioneta de reparto de víveres, desapareció la mañana del 6 de junio, su retrato muestra una mujer de quijada fuerte y gesto decidido, hace dos años y un mes que no se sabe más de ella.

Los agravios se acumularon durante semanas. Le arrojaron una lata a nuestro perro, una tarde en que el pobre se quedó encerrado en el balcón sin que Raquel se diera cuenta y comenzó a ladrar. Como todos los miserables que hacen ruido, los vecinos consideraban sagrados los instantes en que dejaban de poner la radio a todo volumen y trataban de dormir, así fueran las cuatro de la tarde. Y atacaron a nuestro perro. Y hubo más. La niña no quiso volver jamás a los columpios del jardincito de la planta baja porque un muchachito de unos doce años, el menor de ellos, la eligió como blanco de un par de pedradas. Otro aprovechó un viaje en elevador con Raquel para darle un agarrón de nalgas. Ella me esperaba aquella noche sentada en la cocina, un cigarro en la boca cerrada como una pinza, los ojos chispeantes de furia. Tenemos que hacer algo. Supe que debía llamar al Tiburón.

Ilustración: Nadya Gutiérrez

Miran una película de persecuciones en auto durante un par de horas. Los buenos se golpean un poco y los malos se vuelcan desastrosamente. Hay episodios de sexo y a la doctora Guadalupe le gana la risa cada vez que alguien se besa. Se comen el espagueti y el falso pan de ajo (trozos de bolillo cortados en diagonal y untados de una suerte de chimichurri fallido), beben tres vasitos de vino cada cual (Rosendo maldice su propia mezquindad, debió haber comprado dos botellas en el supermercado). Se besan, finalmente, y Rosendo ignora dos llamadas telefónicas que le hacen desde el trabajo (otro cuerpo, otro cuerpo) porque ninguna es de los municipales. El único cuerpo que le concierne hoy es el de Guadalupe.

Fernando Garcés Pérez, cincuenta y nueve años, uno sesenta y siete de estatura, tez blanca, ojos castaños, cabello entrecano, complexión fornida, barba y bigote poblados, un tatuaje militar (no especificado) en el hombro izquierdo, guardia de seguridad privado, a sueldo de una empresa de transportes, fue sacado de su puesto de supervisión por un grupo de hombres con armas largas, y llevado en una camioneta con rumbo desconocido. Su esposa ofrece recompensa por datos que lleven a su localización. Hace tres años de ello.

Una cosa era buscar al Tiburón y otra dar con su huella. Ni su abuela tenía una idea clara de cómo encontrarlo. Él es quien te busca, opinó la viejita, cuando discretamente la consulté. No quería preguntarles a sus primos más cercanos y mucho menos a sus padres para que mi aura de amistad con él no fuera a esfumarse al son de “¿Quieres el celular del Tibu? ¿No eran cuates?”. Tampoco quise alertar a Raquel de mis intenciones. No las habría aprobado. Recurrí, pues, al pasado. Mario, otro de nuestros amigos, era abogado, uno de esos con obvio exceso de dinero. Un par de mensajes bastaron para que aceptara una comida en una fonda del centro equidistante de nuestras oficinas. Ese pinche Tibu es el más buscado, bromeó Mario cuando, luego de la sopa, la entrada, el guiso, el postre y el café, le pregunté por nuestro camarada. Justo voy a verlo el fin de semana. Le digo que lo buscas. Me urge, remarqué, el ruido es todo el día, son muchos, no podemos seguir así. Así que te casaste con Raquel, se atrasó él. Era rarísima pero estaba bien buena.

Lo extrañamos, compa, le dice el jefe de los municipales cuando lo alcanza junto a la cafetera. Sus compañeros están medio pendejos y le llamaron a los estatales y se hizo un pedo. Confiamos en usted. Ya saben que yo jalo, me agarraron en mi descanso, se justifica Rosendo. El descanso es sagrado, compa, usted no se apure. Acá nos encargamos de que sus amigos lo cachen. Baja la mirada y se escurre en cuanto el agente se retira. Hoy no parece haber urgencias. Reposa. Le da tiempo de acercarse a servicios médicos y buscar a Guadalupe. Tiene una mujer y una niña en el consultorio. No podemos dormir, doctora, los vecinos traen un ruidajo todo el día, le confiesan. Les receta un ansiolítico suave y píldoras para el sueño. Cuando descubre que Rosendo la contempla le sonríe y le saca la lengua.

María Teresa Montes Gudiño, dieciséis años, uno cincuenta de estatura, tez clara, ojos castaños, cabello castaño claro, lunares en las mejillas y los brazos, complexión delgada, el 3 de junio regresaba a su casa del colegio de las Madres Adoratrices a pie, se le vio hablar con el conductor de un automóvil negro (con reporte de robo, según las placas que recordó un testigo). Jamás regresó a casa. La buscan sus padres y hermanos desde hace un año y tres meses.

No se aparezcan por su casa el domingo, me advirtió el Tibu. Estos morros están pesadones, no tan pinches jodidos como te dije antes, pero igual salen. Si puedes viajar fuera aprovecha. A mí no me convenía la fecha indicada (lo ideal habría sido irse el viernes por la tarde y regresar el domingo, para no tener que pedir permiso en el trabajo) pero la necesidad era mucha. Lo más difícil fue atreverme a hablar con Raquel, que por supuesto no se creyó que me hubieran dado libre un lunes y un martes para irnos a la playa así nada más. Hablé con el Tiburón y nos va a sacar de las broncas con estos pendejos. Ella tardó en entender y luego se llevó la mano a la boca. Otra vez me veía diferente, quizá más grande, quizá siniestro. Empacamos y reservamos por teléfono un búngalo en la playa más cercana. Entregué un justificante en la escuela de la niña. La carretera estaba desierta y el autobús llegó con quince minutos de adelanto. El cielo se nubló todo el fin de semana. La nena jugaba en una pequeña alberca y Raquel la vigilaba en la sombra, libro en mano. Dormí casi todo el tiempo, como si me hubieran recetado un bálsamo muy poderoso. En el menú del restaurante ofrecían ceviche de tiburón. Me guardé mis comentarios.

Guadalupe no llega al puesto de socorros el lunes. La espera toda la mañana y da vueltas, cuando el trabajo lo permite, hasta su consultorio cerrado. Ya por la tarde, una enfermera le revela el desastre: alguien, no se sabe quién, llegó al puesto por la madrugada, herido. Ella no llamó a los municipales. Eso contó el otro médico de guardia, quien fue el que hizo la llamada, oculto en su propio consultorio. Una camioneta llena de tipos armados apareció a los quince minutos. Cargaron con el herido y la doctora. Rosendo siente que una olla hirviendo se derrama en sus pulmones. Sale al estacionamiento y están allí, en sus camionetas, bolsitas de papas en las manos y latas de refresco a sus pies, ya agotadas. La doctora que se llevaron de aquí ¿saben algo? Ellos intercambian miradas. El jefe suspira. Todavía no pero se está trabajando en varias líneas. ¿Es su amiga? Un miedo agudo como aguja le atraviesa el cuello. No, pero me gustaba. Está bien guapa. Pinche lástima. Se asquea de inmediato del tono juguetón con que lo dice. Pero lo dice igual. Gana unas risas. Por eso les decimos que nos llamen primero, compa. Usted ya sabe. Aquí es mejor no levantar una piedra porque le sale cualquier cosa debajo.

Jerónimo Alba López, once años, un metro treinta de estatura, complexión regular, tez morena, cabello y ojos negros, marca de nacimiento más clara en la espalda, jugaba en el área del canal la tarde del 23 de noviembre, encontró unas armas envueltas en bolsas de plástico detrás de unos matorrales, fue a dar aviso a agentes de la policía estatal apostados a quinientos metros de allí, ellos lo mandaron a su casa. De allí lo sacó un comando de hombres con armas largas la madrugada siguiente, sin hacer caso a las súplicas de sus padres. Se lo llevaron en una camioneta negra. El retrato es el de un niño serio, con lentes. El reporte tiene dos meses de emitido.

El silencio era delicioso. E intimidante. La niña se durmió en cuanto puso la cabeza en la almohada. Raquel no lo hizo sino hasta que le juré que el Tiburón no iba a cobrarme el favor. Era verdad. No quiso hablar de dinero ni nada semejante, dijo que nada le  costaba echarle una mano a un amigo leal a los colores, que además de todo había cargado con su prima. Igual estuvo bueno el tip de que esos morros andaban allá, con eso basta. Dieron guerra y uno se nos hizo ojo de hormiga un rato pero los pusimos en paz. Pues gracias, le dije. De qué, mi cabrón. Es la familia. Raquel se hizo la difícil con mis caricias y opté por no discutir. Luego me di cuenta de que le urgía tomarse sus pastillas y dormir. A mí me costó conciliar el sueño. Quizá no lo hice. Ya no recordaba las caras de los vecinos. Ni la del que había apedreado a mi niña ni la del pendejete que le agarró el culo a mi mujer. No recordaba sus caras. Nunca más las recordaría. Ya de madrugada decidí que nos mudaríamos lejos.

 

*Antonio Ortuño (Zapopan, Jalisco, México, 1976). Acaba de hacerse del V Premio Ribera del Duero con su obra La Vaga Ambición. Ha publicado las novelas: El buscador de cabezas (2006), Recursos humanos (2007), Ánima (2011), La fila india (2013), Méjico (2015) y El rastro (2016). Así como los volúmenes de cuento: El jardín japonés (2006), La Señora Rojo (2010) y Agua corriente (2015). Parte de su obra ha sido traducida al alemán y el francés.