Tequila para el trago amargo

Ya perdí la cuenta de cuántos muertos he visto, pero los que siempre me afectan, los que me dejan adolorido como un puñetazo bien dado en la cara, son los niños. Siento que sus diminutas fuerzas no fueron suficientes para rechazar la invitación de la Parca a jugar con ella. Saber que les negaron una oportunidad a su existencia hace que me duela la boca del estómago junto con la gastritis. Como un dolor que crece y mi cuerpo no puede controlar. Es cierto, la vida puede ser una hija de la chingada, pero hay ocasiones en que se descuida y podemos hasta disfrutarla. Las noches posteriores al ver un cadáver son siempre de insomnio. Me vuelvo un tecolote de ojos pipisquis. Nomás volteando para todos lados sin poder dormir. Desacomodo las sábanas con pies y manos. No encuentro el lugar adecuado para sosegarme.

Teresa Margolles

Arrastrando los ojos por las paredes del departamento para descubrir una nueva telaraña o el lugar donde falta un poco de pintura. Me empanizo como pescado en la cama. Cuando concilio el sueño, por fin, veo maletas abandonadas con cuerpos infantiles dentro, carros baleados con las puertas goteando sangre o un hombre sudoroso y babeante sobre una adolescente. Entonces me despierto, como ahora, de un brinco, como si me hubieran cerrado de golpe el suministro de aire, sudando, lo cual no es difícil en una ciudad que siempre está arriba de los cuarenta grados centígrados en verano. Paso saliva para refrescar mi lengua pastosa. Busco a tientas a Escáner Sánchez, que así es como bauticé al radio donde escucho la frecuencia policíaca. Un aparato que parece sobreviviente de guerra, lleno de cicatrices por los golpes diarios. En una ocasión hasta de un auto en movimiento cayó, pero Escáner Sánchez siempre al pie del cañón, sin quejarse, a pesar de todas las historias que ha escuchado. Lo levanto. Es pesado como sentimiento de culpa. Subo a tope el volumen. Otra pesadilla recurrente es que se me descargue durante la noche o que este demasiado dormido que no lo escuche. En ese lapso ocurre el mayor decomiso de droga en la historia a dos cuadras de mi departamento con intercambio de balazos entre narcos y el ejército, un comando armado entra a Palacio de Gobierno a secuestrar al Gobernador y todo su gabinete y un avión lleno de pasajeros aterriza de emergencia en pleno centro de la ciudad. Y yo, dormido en la lona como Pacquiao después del golpe de Juan Manuel Márquez.  Al otro día, Lupito Salazar, mi editor, me grita enfrente de toda la sala de redacción mi  incompetencia, mientras sostiene en una mano sus lentes flojos y con la otra se mece el pelo. Así es esto del periodismo. Temor a encontrar la noticia, pavor a perderla. Presto atención a lo que dice Escáner Sánchez. La estática es interrumpida por su voz robótica, que se mi se me asemeja a la de un viejo detective que ha fumado muchos cigarrillos durante su vida, que recita números. Dígitos que la mayoría de las personas no entienden, pero que a mí me saben a gloria. Parece que la ciudad está tranquila esta noche. Hurgo entre la ropa a un lado de la cama y encuentro la botella de tequila casi vacía. En ocasiones el alcohol sirve para llenar el pensamiento de bruma, como si fuera directamente a un banco de niebla para perder el camino a propósito, dormir un par de horas y no pensar en tanto cadáver, en tanta sangre. Le doy un trago. El líquido recorre el esófago como si fuera arando fuego. Me levanto. Recorro las cortinas de la única ventana del departamento. Limpio con el dorso de la mano el vidrio. Está noche no oigo ladridos, sólo gatos fornicando. Miro el reloj. En dos horas va a amanecer. Sánchez vuelve a hablar a mis espaldas. Rezo para que no diga los números malditos: 29, 30, 100, 99 lima, 99 coca. Es decir, herido, muerto, droga, arma larga y arma corta. Al oír estos dígitos mi sistema reacciona de diferente manera. Es un golpe de adrenalina que te recorre como si tuvieras un mes de abstinencia y de repente te dan a probar la mejor mercancía. Entonces, sin importar la hora, tengo que levantarme  a cubrir la noticia. Es como estar permanentemente en un naufragio, te vas quedando en una isla desierta, y en ese pedazo de tierra te conviertes. Las noches se vuelven día y luego vuelve a escapar el sol. Y no queda nada. Recuerdo que hoy debo comer con mis padres. Siempre me preguntan sobre el trabajo. Qué si es cierto lo que dicen todos los periódicos. Yo tengo que sonreír para no preocuparlos, minimizar la situación. Algunos reporteros son muy escandalosos amá, no es para tanto, ustedes ni se fijen. Pero por dentro sé que es para más, porque no toda la muerte es nota, ni toda la sangre es roja. La mayoría de los ciudadanos ignora que si se escribiera realmente la violencia que hay en una ciudad, los lectores no podrían leer nada. Porque las letras negras se convertirían en un manchón escarlata en papel. Malva líquida escurriendo sobre los zapatos y el piso hasta ahogarnos.

Marcela Armas

Me termino lo que queda de tequila. Miro el envase. Pienso que es como si le hubiera desangrado, ahora la botella es otro cadáver en mi habitación junto con los que rondan mis pensamientos. En madrugadas como ésta siempre me convenzo de renunciar al día siguiente, de seguir el consejo de mi papá, pero el mañana se convierte en hoy, y así como elipsis eterna, sí, la vida a veces es una hija de la chingada.

 

*Carlos R. Padilla (Aguaprieta, Sonora, 1977). Ha publicado Amorcito corazón (Premio del Libro Sonorense en el género novela; Nitro/Press, 2016); Premio Nacional de Novela Negra “Una vuelta de tuerca” 2016 con Yo soy Spiderman. El texto que aquí presentamos es un adelanto del título No toda la sangre es roja (Premio del Libro Sonorense en el género de Crónica)