El efecto Bolaño

Juan Francisco Villa (Charly Cruz), Demetrios Troy (Chucho Flores), Eric Lynch (Oscar Fate) y Yadira Correa (Rosita Mendez) en ‘la parte sobre Fate’ de la obra “’2666′ basada en la novela de Robert Bolaño. CORTESÍA GOODMAN THEATRE

El efecto Bolaño, las radiaciones que su obra y su figura no cesan de emitir sobre la cultura contemporánea, hace ya tiempo que han traspasado el ámbito de la literatura y han penetrado los del pensamiento, el cine, el teatro, la fotografía, la música, la pintura y casi todas las demás artes, incluidas la publicidad o el grafiti. A pesar del severo e intimidante control que sobre su legado ejerce la viuda del escritor, no cesan de proliferar las iniciativas de versionar a Bolaño en todo tipo de lenguajes y de soportes, lo que admite ser tomado por indicio elocuente de la capacidad que su obra tiene de conectar con cierta sensibilidad muy extendida en estas primeras décadas del siglo XXI. Que así sea cabe atribuirlo, entre otras muchas cosas, a la aptitud que Bolaño tuvo para, previamente, absorber lo que –algo pomposamente– podríamos llamar las “vibraciones” de la época, los motivos temáticos –estéticos, discursivos, políticos, ambientales, existenciales– destinados a configurar dicha sensibilidad.

Nadie duda de que Bolaño fue, por encima de todo, un animal literario, un escritor apegado a una concepción en buena medida romántica y por lo tanto heroica de la escritura, en particular de la poesía, entendida por él en su más elevado sentido: aquel conforme al cual la palabra se revela capaz de decir el mundo y, por lo mismo, de transformarlo. La vocación literaria de Bolaño fue experimentada por él de una manera radical; su compromiso con la literatura fue insobornable y visceral, en un grado extemporáneo, delirante casi. Pese a lo cual, ni su trayectoria biográfica ni su propio estilo de vida fueron los de lo que se entiende comúnmente por un “ratón de biblioteca”, un “letraherido”.

La hermana de Bolaño recuerda cómo, siendo apenas adolescente, él pergeñaba sin descanso dramas teatrales. Le gustaba dibujar, y en su juventud conspiró, junto a su amigo Bruno Montané, por la creación de revistas de poesía que ensayaban precarias pero audaces estrategias gráficas. Es sabido que, siendo como fue siempre un pájaro nocharniego, durante las madrugadas veía sin descanso películas de todo tipo, reality-shows, series televisivas; que escribía con los auriculares puestos, escuchando música rock. Como lector, sus gustos iban mucho más allá del repertorio bel letrista. Era una gran aficionado a la literatura de género, admiraba a Manuel Puig, a Philip K. Dick., a William Burroughs, a James Ellroy; era un infatigable coleccionista de poetas recónditos. Soñaba minuciosamente, y recordaba sus sueños, que gustaba narrar con todo detalle en interminables conversaciones telefónicas. Internet le abrió, hacia le final de su vida, territorios infinitos que exploró con osadía y rigor, según prueban, por ejemplo, los centenares de documentos relativos a los crímenes de Ciudad Juárez que almacenó e imprimió durante los preparativos de 2666. En esta novela se da noticia de al menos dos artistas plásticos que en determinados pasajes del texto acaparan un notorio protagonismo. En su libro póstumo El secreto del mal, que reúne materiales narrativos esbozados durante sus últimos meses de vida, hay un relato, “El hijo del coronel”, en el que se cuenta con todo detalle el desarrollo de una película de zombies. Otro relato, “Laberinto”, consiste en la pormenorizada descripción de una fotografía tomada en París hacia el año 1977, y en la que aparece retratado un grupo de intelectuales franceses del entorno de Tel Quel.

Vale la pena recordar estos y otros muchos datos a la hora de tratar de explicarse las razones por las que la literatura de Bolaño ha contagiado a tantos artistas contemporáneos que conectan instintivamente con ella y que no pocas veces, antes que a interpretarla, se sienten impelidos a ilustrarla o, simplemente, a divulgarla. Esto último es lo que se ha propuesto fundamentalmente el dramaturgo catalán Álex Rigola en las aplaudidas adaptaciones teatrales que ha hecho de dos obras en principio “irrepresentables” de Bolaño, como son 2666 y “El policía de las ratas” (cuento incluido en el volumen póstumo El gaucho insufrible). En la adaptación cinematográfica de Una novelita lumpen, titulada El futuro, Alicia Scherson, trabaja sobre todo con el ambiente de la obra, del que ofrece una hábil, respetuosa y personal lectura. En otros casos, como el del fotógrafo Allen Frame, el artista en cuestión dialoga con el escritor y, con mayor o menor osadía, opta por traducirlo a su propio lenguaje, cuando no a recrearlo enteramente.

Allen Frame"Diálogos con Bolaño".
Allen Frame»Diálogos con Bolaño»

Como sea, las numerosas “versiones” de Bolaño que han tenido lugar hasta el momento son únicamente el rastro fácilmente reconocible de una influencia que viene penetrando más profunda y germinalmente en los procesos de inspiración de artistas de todo tipo para los que la lectura de Bolaño ha actuado como catalizador de su propia sensibilidad. Así ocurre cuando ha transcurrido solamente una década desde la muerte de un escritor que, si bien se ha instituido en pocos años en mito e icono de la cultura contemporánea (atrayendo por ello mismo la sospecha de que podría tratarse de una moda pasajera), ha dejado por legado una obra extraordinaria, plural, vasta, compleja, todavía inabarcable, que apenas ha comenzado a ser sondeada –y explotada, y saqueada, en el mejor de los sentidos– en sus capas más epidérmicas.

Ignacio Echevarría (Barcelona, 1970). Es editor y crítico literario. Estuvo a cargo del cuidado de algunas obras póstumas de Roberto Bolaño (Entre paréntesis, 2666 y El secreto del mal). Ha publicado Trayecto, un recorrido crítico por la reciente narrativa española (Debate, 2005). Desvíos, un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana (Universidad Diego Portales, 2007). El ensayo Roberto Bolaño, la escritura como tauromaquia (2002).

Nicanor Parra, Roberto Bolaño e Ignacio Echevarría.
Nicanor Parra, Roberto Bolaño e Ignacio Echevarría.