Los gatos de Schrödinger, una novela alegórica

Foto: Leonor Báez
Foto: Leonor Báez

Por mucho tiempo he practicado la mezquindad y la misantropía, la realidad de la vileza de nuestra especie es sólo comparable con la implacabilidad de las fuerzas de la naturaleza para crear y destruir por igual, lo que frecuentemente hace que me sienta frustrado por la inconmensurable realidad a mi alrededor. Sin embargo -quizás tenga que ver con la madurez, qué sé yo- de un tiempo para acá me interesa ser Ejemplar, es decir, coherente con mis principios e ideales, por lo que estoy tratando de practicar virtudes como la honestidad y la ecuanimidad. Y, la neta, soy más feliz, me cuesta un gran trabajo, claro, no es nada fácil estar consciente en todo momento de la correspondencia de mis ideas y mi actuar.

El caso de la obra de Franco Félix (1981) es un ejemplo de mi recién adquirida ecuanimidad. Ahí va: estamos ante una obra mayor, no tengo dudas, Franco nos ha legado un monumento a la lectura, a través de una fábula sobre la deformación histórica y nuestra incierta capacidad para dotarla de significado.

Los gatos de Schrödinger (Tierra Adentro, 2015) se lee como una fábula fantástica, arropada de una angustia existencial emparentada temática y atmosféricamente a un par de clásicos de la ficción fantástica latinoamericana, las novelas El lugar y La ciudad de Mario Levrero. Aquí es el Desierto Limítrofe el lugar donde la incertidumbre y la desolación se instalan. Pero no todo está tan gacho: la ironía, el sarcasmo y el humor en general impregnan la obra despojándola de todo velo maligno.

En Los gatos de Schrödinger, Franco sale avante en dos tópicos difíciles de afrontar y más difíciles aún de sortear: uno demasiado manoseado, padroteado y estigmatizado como lo es la narrativa sobre la violencia del crimen organizado; y, el otro, mucho más raro y al mismo tiempo más difícil, escribir una alegoría contemporánea que funcione en múltiples niveles.

Recién acabé de leer Los gatos… le escribí a Franco. “Está bien chingona”, le dije (los adjetivos fluyen entre nosotros como cajas en la arena), no pude contenerme, hice a un lado mi habitual egolatría, y expresé a Franco mi admiración: “me remite a grandes obras que me han marcado como lector” le escribí, “ahí está Farabeuf, Pedro Páramo, El principito, y por supuesto Esperando a Godot”, con ecos formidables en Los gatos. Y es, precisamente, esa cercanía a la obra de Beckett, uno de los grandes aciertos de la novela de Franco. Ambos textos son extravagantemente divertidos y literarios. A la vez que exploran y explotan el canon literario lo transgreden lúdicamente, con aparente sencillez, ironía y lucidez, resultan obras paralelas, edificantes, un logro sin duda del buen Franco, porque Los gatos de Schrödinger es una obra tan actual y atemporal como cualquier gran clásico debe serlo.

“Está en estado de gracia el puto” fue la hiperbólica conclusión a la que llegó el Iván Ballesteros (el primer lector del Franco) cuando comentábamos Los gatos de Schrödinger. No sé si tal cosa exista, dudo de cualquier cosa que suene a esoterismo, lo que sé es que es uno de los autores con más oficio y disciplina que conozco, y uno de los lectores más exquisitos y aventurados también, algo, sin duda, imprescindible para lograr la gran escritura.

Franco es escritor, y probablemente el que con más ahínco, convicción y visión ha trabajado de nuestra generación por estas tierras, no está solo, claro, hay ejemplos detrás y delante de él, ahí están un puñado de textos narrativos que ensanchan el panorama de la literatura regional y sus autores y dan contexto a esta peculiar obra.

Dos libros publicó Franco en 2015, dos lecturas obligadas, ambas obras ganadoras de concursos literarios, ambos textos únicos, ambos textos raros, ambiciosos y redondos, disfrutables y memorables de principio a fin.

Si antes califiqué a Kafka en traje de baño como un parteaguas dentro de la narrativa sonorense, la cual, supuse, sería una especie de spotlight, que pondría las luces sobre lo que se está haciendo en Sonora en materia narrativa, ahora afirmo que Los gatos de Schrödinger es una obra de consagración de un autor raro, con gran oficio y una propuesta original y divertida.

Mucho aquí huele a nuevo clásico, el oficio de Franco es grande, y sus obsesiones se amoldan a la perfección a una parte de la tradición literaria poco frecuentada, difícil de acceder para el lector poco avezado, pero inmensamente gozosa para los que nos gusta el artificio (o artilugio) literario.

Los gatos de Schrödinger es de esas obras a las que regresaré de tiempo en tiempo, la releeré y la disfrutaré como otro logro del divertimento baladí que es la literatura y sus posibles realidades.

 

 

Aldo Barrios