James Nuño y “Los no muertos”

Los no muertos de James Nuño (Guadalajara, 1984) es una novela que finta, que engaña, pero que no traiciona al lector con salidas fáciles o finales previsibles. Al inicio tenemos la novela tradicional, que se toma el tiempo de presentar y desarrollar a cada uno de sus cuatro protagonistas y otorgarles un fondo que facilita la identificación. Conforme leemos los vemos crecer (a pesar de que son adultos) y transformarse, de tal forma que no llegan siendo los mismos al final de la novela. En este sentido, se tiene la impresión de que el escritor nos narrará únicamente sus cuitas y tendremos una suerte de novela de educación sentimental. Por otra parte, también tenemos aquí una novela de género fantástico, con una epidemia que azota a la población y una plaga de zombis que poco a poco se adueña de la ciudad.

AL: Comparte de dónde surgió la idea de Los no muertos. ¿Por qué aventurarse con un género que, al menos en México, parece ser ignorado por los “escritores serios” que buscan poner derechos reservados a la palabra literatura? ¿Por qué explorar un tema que, por otra parte, identificamos como netamente norteamericano?

JN: Si bien la figura del zombi, tal como la conocemos ahora, tiene su origen en el cine norteamericano, ésta se ha vuelto tan fascinante que la hemos adoptado en prácticamente todas las latitudes: desde América hasta Asia. Hay en el zombi un rango de interpretación muy variado: va desde la masa idiotizada por el consumismo hasta el pueblo anónimo que se une para derrocar a un tirano. Esta amplitud de significados, combinados con la deshumanización, la violencia y el terror, lo hacen un monstruo muy atractivo.

El riesgo, como bien lo planteas, es que, como ha sucedido con otros tantos monstruos encabezados por los vampiros, su fórmula se repita tanto que se vuelva inverosímil, cuadrada, banal y hasta ridícula. Así, nos cuesta trabajo imaginar un apocalipsis zombi que no suceda en un país como Estados Unidos, en una ciudad como Nueva York, en la que las calles y los artefactos necesarios, como los vehículos militares y, por supuesto, las armas, son parte del decorado. Países y ciudades en los que, además, suceden siempre los grandes desastres porque también ahí residen los “grandes héroes”.

No obstante, los monstruos tienen que ver con lo humano, no con los monstruos como tales. Un apocalipsis zombi podría tener lugar en San Francisco, en Guadalajara, en Sierra Leona o en Machu Picchu, pero la historia que realmente importa no es cómo camina el zombi, cómo devora y arranca la carne, cómo el héroe busca la escopeta para volarle la cabeza. Ni siquiera la historia de la compañía malévola que desata el virus o el brujo que lanza un conjuro contra la humanidad. Desde mi punto de vista, lo que cuenta es qué desata todo eso en nosotros, dentro y fuera, y por qué. Es decir, cómo afecta al humano en su naturaleza, en su concepción de sí mismo. Eso, creo, es lo que elimina los sustantivos superfluos como “alta”, “baja”, “culta” o “de entretenimiento” y deja a la obra simplemente como “literatura”.

Los no muertos no es una novela que se inscriba en el armado tipo best seller. Al finalizar cada capítulo no nos dejas al borde de la acción para comenzar de inmediato el siguiente y enterarnos cómo destruyen a los come cerebros y se salvan nuestros héroes. Sino que hay tiempo para la reflexión de lo que está ocurriendo. Y es donde se admiten las otras lecturas a tu novela, de tipo político, psicológico, sociológico, etc. Es decir, tienes para cada lector su lectura. ¿Ese fue tu plan original? ¿Fue tu objetivo atraer el mayor número de interpretaciones posibles y no quedarte con una historia de acción con final feliz o de apocalipsis con final sombrío?

Algo destacable de la literatura contemporánea es que cuenta con un montón de herramientas de las cuales puede echar mano. La narrativa actual no se parece a la de hace cincuenta o cien años. La de ahora, es una híbrida, que se vale de una riquísima tradición e, incluso, de otros lenguajes: la música, la pintura, la fotografía, la televisión… sobre todo la televisión. Hay mucho que la televisión, particularmente en las series de los últimos quince o veinte años, le ha aprendido a la literatura que ahora nos enseña a los escritores distintas posibilidades del relato.

En este sentido, cuando me preguntan de qué va mi novela, siempre tengo problemas para contestar de manera concreta. Decir que es una novela de zombis no me es suficiente, además de que la gente en general me ve con escepticismo; tal vez les parezca ridículo o superficial hablar de zombis, como si el tema se limitara a las novelas juveniles o las películas de terror serie B. Alguna vez alguien me preguntó cuál era el género al que me suscribía, y yo no pude contestar: ¿tiene elementos que pasan por lo fantástico? Sí. ¿Es una novela de terror? En algunas partes, sí. ¿Ciencia ficción? Quizá, sí. Pero también tiene mucho de novela realista.

El plan, como bien lo dices, era hacer un entramado con diversas lecturas en distintos niveles: sí, en esencia (o, mejor dicho, en la superficie) es una historia de zombis pero lo menos importante de ella son precisamente los zombis. George Romero decía que lo que a él le interesaba en sus películas no era tanto el monstruo sino el actuar de los humanos: correr, esconderse, enfrentar, traicionar… Los no muertos busca eso: revelar una parte de la naturaleza humana que es por demás compleja, cambiante y actual; más apegada, creo, a la educación y forma de vida vinculada con el aburrimiento, los sueños frustrados y las rutinas autoimpuestas que poco tienen que ver con el heroísmo y los finales contundentes que son el lugar común de los blockbusters hollywoodenses.

Recordé con tu novela la alerta por pandemia de influenza AH1N1 que en 2009 nos aterrorizó y consiguió que las calles del ex DF se quedaran vacías. En ese entonces no sabíamos bien a bien qué tan grave era la situación y qué tanto podía empeorar. Además había, hay, una desconfianza casi de contrato irrompible hacia la información y alertas que emite el gobierno y los medios de comunicación que creemos afines. Es decir, no les acabamos de creer, siempre pensamos que hay complot de por medio porque están haciendo algo en realidad más grave, pero al mismo tiempo participamos del pánico y generamos caos. La situación que describes parece una reescritura de esos días. ¿Al escribir Los no muertos tuviste presente estos hechos? Cuál es tu opinión respecto a situaciones de este tipo, ¿piensas que el caos, la parálisis y el miedo son nuestras respuestas naturales, lo único capaz de ofrecer la colectividad ante situaciones de prueba?

Vivimos en un estado de perpetua paranoia. Hemos aprendido a vivir con ella y hasta disfrutarla. El brote del H1N1 fue un parteaguas en muchos sentidos, no solo porque sobrevivimos a lo que parecía una pandemia comparable en magnitud a la peste negra, sino porque además a partir de ahí cada cierto tiempo (meses, a veces días) corre el rumor de una gran noticia, un gran escándalo, que puede cambiar nuestras vidas de manera significativa: enfermedades como el dengue o escándalos políticos como la fuga de algún funcionario con millones de pesos del erario público o la estupidez de la semana del presidente con la que, ahora sí, va a renunciar. Pero esta indignación se esfuma a la siguiente semana y nos prepara para la siguiente, lo que nos sume, sin quererlo, en un estado de paranoia continua que nos hace creer que las cosas están manipuladas por los altos mandos, por los illuminatis, por las grandes corporaciones…. por alguien más que nos impide llegar a ser una nación independiente, feliz y, sobre todo, funcional.

Al finalizar la novela me quedé con la impresión de que las aventuras de nuestros protagonistas continuarán. O quizás fueron las ganas de volverlos a encontrar en otra historia. ¿Tienes un plan de seguir narrando la epidemia zombi y entregarnos una saga?

Seis años de trabajo y varios meses de desvelo me hacen querer enterrar la novela y no volver a retomarla jamás. Porque, además, creo que dije lo que tenía que decir en estas casi 400 páginas. Pero quién sabe. Quizá en un futuro los personajes y la trama saquen su pútrida mano de la tumba para reclamar su continuación.

 

∗Alfonso López Corral (Navojoa, 1979). Autor de La noche estaba afuera (Tres Perros, 2011) y Musiquito del Talón (Tierra Adentro, 2013).