Sin complacencias. Sin explicaciones: el regreso de Twin Peaks

Shadow, take me down

Shadow, take me down with you

Fue un 8 de abril de 1990 cuando la serie de David Lynch y Mark Frost llegó a encender los televisores estadounidenses, inaugurando una nueva era en la narrativa televisiva. A lo largo del año y dos meses que duró transmitiéndose, en 30 episodios divididos en dos temporadas, la audiencia fue confrontada por una obra con empaque de serie policíaca convencional, pero que en realidad guardaba un complejo y fascinante universo que daba cuenta de un elaborado proceso autoral, tierra poco explorada en la pantalla chica hasta el momento y que sentaría las bases para los seriales cinematográficos tal y como los conocemos ahora. No deja de ser sorprendente que Lynch, quien acababa de ganar la Palma de Oro de Cannes por Wild at Heart (1990), precisamente en ese momento cumbre de realización y reconocimiento artístico, volteara a un formato entonces considerado menor. La arriesgada apuesta rindió frutos. Y aunque en la segunda temporada ocurrió un notorio distanciamiento, Lynch volvería para cerrar la serie con un desenlace provocativo y enigmático que causó, en partes iguales, alabanza e indignación. Resulta complicado pasar por alto la cada vez más icónica frase expelida por Laura Palmer en aquel final de temporada: “I’ll see you again in 25 years”. Una sentencia igualmente sugestiva y misteriosa que terminaría de sellar ese extrañísimo capítulo. Poco más de dos décadas y media después, con su estatus de serie de culto imperturbable, aquella línea se eleva con el delicioso sabor de una promesa que se antojaba improbable cumplir. Pero que lo hizo. Sí, quizá con un año de retraso, pero es algo que no demerita el evento para nada.

Claro, hay resquemores. La continuación de un clásico en una época donde el panorama de las ficciones está empantanado por una carencia de creatividad y vampirismo rampante, los amerita. Ahogados entre precuelas, refritos, reinicios eternos, franquicias infumables y dependientes; creo que Lynch puede salir avante porque no está formulando un ejercicio reiterativo. Fiel a sí mismo, sorprende con una experimentación de la que resulta una nueva Twin Peaks que no se parece casi en nada a la vieja. Claro, hay rostros y lugares familiares, pero estos elementos no aparecen únicamente como vehículo melancólico, si no que están al servicio de la trama o de la atmósfera. Una nueva historia está en marcha y no se detiene en líneas explicativas ni en acciones impuestas para rellenar huecos. Tampoco hay gran preocupación por hacer una retrospección de la serie o una contemplación que dialogue con glorias del pasado. En pocas palabras, no se deja llevar por la nostalgia. Por el contrario, Lynch y Frost parecen querer abandonar el pueblo o, mejor dicho, buscar expandir el ambiente de éste. Concurren las conversaciones lacónicas, casi espirituales, que por su simpleza rozan lo ridículo. La simbología, el pasaje entre planos que desemboca en la confrontación característica de dos polos opuestos. Los reflejos perpetuos. Las cumbres gemelas. También los arquetipos contundentes que apelan a ese nivel del subconsciente donde yacen las pasiones humanas y sus terrores. Todas estas figuras han salido más allá de los límites que marcaban los abetos Douglas para instalarse, poco a poco, a lo largo de toda la geografía expuesta en la pantalla. Es pues, un clásico en movimiento.

Por otro lado, podemos abordar la propia figura de Lynch en un aspecto más personal, esto en razón de algo que reluce en los episodios estrenados hasta ahora y que se apetece como una especie de mirada enciclopédica a buena parte de su trayectoria. No como las insinuadas autorreferencias desgastantes o un velado homenaje, más bien como el trabajo de un artista maduro que ha sabido encauzar sus años de experiencia. Un mago con intuición para ubicar sus trucos. Un cineasta que después de 11 años, no en completo silencio por supuesto, pero cuyas expresiones estuvieron más enfocadas al ámbito pictórico y musical, quedando algo relegada su labor cinematográfica (otra vez, no totalmente porque realizó brevísimos proyectos audiovisuales). Sin embargo, esta serie tiene pinta de regreso glorioso al e invita a revisitar y repensar su imaginario. Habrá que esperar a su conclusión para valorar si resultó ser una buena síntesis de los 40 años del Lynch fílmico. A continuación describo algunas estampas que ya pudieron apreciarse, esperando poder dilucidar un poco estas intenciones, mismas que podrían dotar un sentido unificador o sencillamente curioso del universo de su creador y su retorno.

El primer episodio tiene una secuencia que remite totalmente al inicio de Lost Highway (1997) aderezada por un escenario más campirano y salvaje. Un coche que conduce a través de los bosques por la noche, adentrándose en la América profunda mientras un latido rotundo anuncia la presentación del doppelgänger de Dale Cooper. La pista que se escucha es un remix inédito, realizado por el propio Lynch, de American Woman por los Muddy Magnolias. También hay atisbos a otros intereses e inspiraciones. Como cuando en la jaula de cristal aparece un espectro, al principio amorfo, un ejemplo tremendo acerca del uso de CGI, sobrio y aterrador, me hizo pensar de inmediato en Two Figures at a Window del pintor Francis Bacon y aún más, en las acciones artísticas Transfiguration (disponibles en YouTube) de Olivier de Sagazan. Los momentos notables de hermanamiento entre la música y las imágenes en el cine de Lynch, juegan un papel destacado, retratado de manera perfecta en la nueva Twin, particularmente en aquellos donde ocurre una interpretación, esos instantes son reflexiones constantes a través de su filmografía y se traducen aquí en el espacio del Bar Bang Bang. Al final de la segunda parte, en lo que al parecer se volverá un cierre episódico recurrente, extravagante y genial, toma lugar un performance musical, como dichos conciertos con elementos mínimos que han sido objeto de reverencia e inspiración incesante (como ejemplo eminentemente reciente recuerdo las escenas que ocurren, también en un bar, en la segunda temporada de True Detective) y que pueden compartir características como las inclementes cortinas de terciopelo rojo, un escenario sugerentemente teatral, el público con las emociones explotando o tan sólo el artista con un fondo oscuro a sus espaldas. En Eraserhead (1977), aparece Dama en el Radiador cantando In heaven. En Blue Velvet (1986), Isabella Rosellini entona la canción homónima. Y por supuesto la increíble versión de Llorando por parte de Rebekah Del Rio en Mulholland Drive (2001). Acá, son por ahora Chromatics, The Cactus Blossoms y Au Revoir Simone.

Me gustaría terminar con un paralelismo dialéctico acontecido en la serie. En un momento de la segunda temporada, mientras el agente Cooper y compañía exploran La Cueva del Búho, éste dice: “No tengo la menor idea de a dónde nos conducirá todo esto, pero tengo la firme sensación de que será un lugar tan extraño como maravilloso”. Una resonancia de aquello llega en voz de Lynch, interpretando a Gordon Cole en el cuarto episodio de la tercera temporada. Por diversas singularidades el dicho tiene el sabor de una interpelación directa, casi una confesión íntima: “Odio reconocerlo, pero no entiendo nada esta situación. ¿Tú la entiendes?” El aludido niega con pesar. La rosa no puede ponerse más azul.

Pero regresemos al Bang Bang. Chromatics canta:

At night I’m driving in your car
Pretending that we’ll leave this town
We’re watching all the street lights fade
And now you’re just a stranger’s dream
I took your picture from the frame
And now you’re nothing like you seem
Your shadow fell like last night’s rain

 Ahora, podemos no ser más que el sueño de un extraño. Uno que, sincero, comparte que no sabe lo que está ocurriendo, ni lo que seguirá y mucho menos cuál será el final. Como debe ocurrir en un auténtico sueño.

Pretenderemos dejar este pueblo, comprenderlo a la distancia mientras las luces se desvanecen. Pero la única certeza que tenemos es la posibilidad de experimentarlo.

For the last time.

∗Juan Ramón Ríos (Querétaro, 1996). Narrador en ciernes, estudiante de medicina y apasionado del cine. Ha publicado un relato breve en La Jornada Semanal. Puedes leer algunos de sus artículos en medium.com/@juanramonrios.